Comienza el nuevo curso, con debates abiertos, propósitos típicos y una bajada de las hormonas de la felicidad tras las vacaciones. Y en medio de este triángulo de las Bermudas que nos atrapa cada año, llega una soga mayor que nos ahoga a todos. Nos da vergüenza mostrar el esfuerzo. Hace ya un tiempo nos enseñaron a tener miedo al fracaso y ahora nos enseñan algo más extraño: tener vergüenza del intento. Editamos nuestra vida y desechamos las partes más humanas: los intentos.
Trueba dijo que la vida es una película mal montada y pretendemos arreglarlo. Hemos convertido en sofisticado lo que parece fácil, creando un nuevo modo de relacionarnos. 'No respondas demasiado rápido; no demuestres demasiado interés; no seas demasiado entusiasta; que no parezca que necesitas ese trabajo; no enseñes cuánto tiempo te ha llevado conseguir algo'. Así hasta completar un decálogo infinito para que nadie te considere un try-hard: expresión anglosajona que se utiliza para denominar a quien se esfuerza demasiado.
Los políticos, quizás deba notarse que lo intentan: rectificar, escuchar y reconocer que no se tienen todas las respuestas
Y para activar la simulación del 'no esfuerzo' respondemos con: 'Fluyó', 'se dio' o 'de repente pasó'. Y me pregunto si toda esta tendencia no ha terminado contagiando a la política. Gobernar es una de las formas más exigentes de esfuerzo. Escuchar a quienes no piensan como tú. Buscar soluciones imperfectas, reconocer una medida que no ha funcionado y prometer volver a intentarlo. Pero nada de todo esto es fotogénico. Una frase contundente siempre, un culpable al otro lado para confrontar y no acordar. Nos espera el crudo invierno de reyertas y navajazos verbales.
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Sandra Barneda
La política ha aprendido rápido y compite por nuestra atención. Señalar culpables en apenas segundos cabe mucho mejor en un titular, en un tuit o en un vídeo que compartimos seguramente antes de haber terminado siquiera de oírlo.
Y resulta paradójico que todo ocurra en septiembre, el mes de volver a intentarlo. Cuando pedimos más esfuerzo: a los niños que estudien, que escuchen. A los adultos que vuelvan al trabajo con ganas y nuevos objetivos. ¿Y nuestros políticos? Quizás deban dejar el fluir para otros y que vuelva a notarse que lo intentan: rectificar, escuchar y reconocer que no se tienen todas las respuestas. Aunque cueste, aunque no fluya, aunque se conviertan en un try-hard.
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