El reciente intento de invasión de Ceuta por el gobierno de Marruecos a través de la ocupación de terreno español por personal civil (remedando de alguna forma la exitosa apropiación del Sáhara en 1975 por medio de la Marcha Verde), ha provocado la indignación de gran parte del pueblo español que, por una vez, ha respaldado sin fisuras a la población ceutí.
Sin embargo, lo más sorprendente de esta reivindicación del territorio de Ceuta (y Melilla) que han escenificado las autoridades marroquíes está en que, quienes deberían enfrentarse a esta especie de guerra híbrida (sin disparos… en principio) de los vecinos del sur, es decir, los miembros del gobierno español, han hecho dejación de sus funciones atribuyendo la avalancha humana que ha paralizado la vida cotidiana de Ceuta a complejas razones geoestratégicas que involucran, según ellos, a Rusia, Israel o EE. UU. y que nada tienen que ver con los deseos de expansión de la monarquía alauita.
Para argumentar esta sorprendente postura, los políticos recurren a impostados argumentos retóricos que recuerdan a los que empleaba el romano Fedro en su fábula del lobo y del cordero.
Un lobo y un cordero, empujados por la sed, llegaron a orillas de un riachuelo. El lobo se detuvo río arriba y mucho más abajo lo hizo el cordero. '¿Por qué -dijo el lobo- enturbias el agua que estoy bebiendo?'. El cordero atemorizado respondió: 'Perdona, ¿cómo puedo hacer eso, si bebo agua que pasa antes por ti y el agua arrastra residuos e impurezas del monte al valle y no al revés?'. El lobo, molesto por el sentido común con que el cordero había refutado su débil argumentación dijo: 'Hace seis meses hablaste mal de mí'. El cordero le rebatió: '¡Pero si aún no había nacido!'. Ante tan aplastante lógica el lobo le responde con un nuevo pretexto antes de abalanzarse sobre él y despedazarlo: '¡Por Hércules! Fue tu padre el que habló mal de mí'.
La fábula nos enseña que los que anteponen sus intereses a los de los gobernados buscan ante todo legitimarse y si -como parece el caso- su oratoria es percibida como una impostura no dudarán en recurrir -de una forma más o menos refinada- al expeditivo modus operandi del lobo. Confían en que sigamos siendo imbéciles.
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