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Manuel Molina Boix

Manuel Molina Boix: Sudores y olores

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Señales inequívocas de un verano languideciente, al menos en el calendario, lo del calor si acaso para más adelante. Se despiden desplazamientos masivos, colas por ... doquier, playas abarrotadas, siestas y tertulias a la fresca, buscando anhelantes refugios climáticos, a la sombra, ventiladores, o sistemas de refrigeración. En una percepción bastante generalizada, este año el calor se ha acompañado, al menos en nuestra comunidad, de un grado superlativo de humedad. Lo atestiguan, como señal tan incómoda como evidente, las copiosas manchas de sudor que afloran en la ropa, especialmente alrededor de las axilas. Una contingencia estética quizá fastidiosa y molesta, pero oportuna, porque revela un mecanismo fisiológico tan eficaz como imprescindible, un recurso refinado del organismo para defenderse del calor. Cuando aumenta la temperatura o realizamos ejercicio físico intenso, el cuerpo activa un complejo sistema de refrigeración. Un exquisito termostato cerebral detecta el incremento térmico, y pone en marcha respuestas coordinadas. Por una parte, los vasos sanguíneos de la piel se dilatan para facilitar la pérdida de calor hacia el exterior. Por otra, se activan las glándulas sudoríparas, que distribuyen sobre la superficie cutánea un líquido compuesto fundamentalmente por agua y pequeñas cantidades de sodio, cloro, potasio, magnesio y otras sustancias. Al evaporarse, este fino velo acuoso consume calor y contribuye a reducir la temperatura corporal, evitando que alcance niveles peligrosos. Este mecanismo también puede desencadenarse en otras circunstancias, como las emociones intensas, el miedo, el estrés o determinadas enfermedades. Incluso existe una rara alteración, la hiperhidrosis, caracterizada por una producción excesiva de sudor que puede condicionar la vida cotidiana de quienes la padecen. Frente a lo que cabría suponer, el sudor recién producido no huele, es inodoro. La responsable del olor corporal es la actividad de las bacterias que habitan de forma natural la piel. Estas transforman las secreciones de glándulas sudoríparas concentradas en axilas, ingles y areolas mamarias, y generan compuestos volátiles responsables del olor. En él influyen, además, la genética, la alimentación, algunos medicamentos y, de manera destacada, esa flora bacteriana de la piel, circunstancias que explican que cada individuo posea una huella olfativa prácticamente única. Pero el sudor no se reduce a una mera función biológica, pocas manifestaciones de la fisiología humana han acumulado, además, tanta carga simbólica. El sudor acompaña al ser humano desde sus primeras representaciones culturales. En la tradición bíblica es emblema del esfuerzo como castigo impuesto cuando, tras la expulsión del Paraíso, se sentenció que el hombre ganaría el pan «con el sudor de su frente». Siglos más tarde, el pensamiento marxista encontraría en esa expresión una metáfora del trabajo físico y las desigualdades sociales de la industrialización. Parecía que el sudor pertenecía a los proletarios, a quienes trabajaban con las manos, mientras que el privilegio consistía, precisamente, en no tener que sudar. Desde la biología evolutiva, sin embargo, el sudor tiene un significado muy diferente. Positivo, incluso decisivo, dado que la extraordinaria capacidad humana para sudar constituyó una ventaja durante la evolución. La pérdida progresiva del pelaje, unida a un sistema de refrigeración muy eficiente, permitió recorrer largas distancias bajo el sol y favoreció la expansión hacia territorios cada vez más cálidos. También la cultura contemporánea encuentra en el sudor un poderoso recurso expresivo. Roland Barthes, en 'Mitologías', observó con ironía cómo el cine recurría al rostro sudoroso para representar la culpa, la tensión moral o la angustia. Al comentar la película 'Julio César', de Mankiewicz, señalaba como unas gotas de sudor podían decir tanto como un largo discurso. El cuerpo revelaba así emociones que las palabras intentaban ocultar. Si el sudor ha acompañado siempre al ser humano, también lo han hecho los intentos por disimular su olor. Desde los aceites aromáticos del antiguo Egipto hasta los perfumes romanos, pasando por mezclas de hierbas, polvos perfumados o los modernos desodorantes y antitranspirantes, todas las civilizaciones han buscado domesticar una manifestación tan natural como socialmente incómoda. La depilación de las axilas, la higiene diaria y el uso de productos cosméticos forman hoy parte de esa larga historia de nuestra relación con el propio cuerpo. En estos veranos cada vez más abrasadores, de calor y humedad elevada, conviene no perder de vista lo verdaderamente importante. Más allá de la incomodidad estética de las manchas sobre la ropa o del recurso a los desodorantes, el sudor representa un aliado indispensable para la supervivencia. Cada gota que se evapora ayuda a preservar el delicado equilibrio térmico del organismo. De ahí también la importancia de reponer las pérdidas de agua y sales minerales mediante una hidratación adecuada. Así, sudar es una demostración cotidiana de la extraordinaria inteligencia fisiológica con la que el cuerpo se protege a sí mismo.
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