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Antonio Luis Galiano Pérez

Agarrarse a un clavo ardiendo

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En la vida hay momentos que la impotencia para lograr nuestros objetivos se hace patente. En ello, instintivamente, al intentar conseguirlo el ser humano es capaz de cruzar fronteras o como actualmente se dice atravesar «líneas rojas» para alcanzarlo. Incluso auxiliándonos de cualquier estratagema, más o menos que sobrepasa lo que podríamos considerar como ético o lo estéticamente establecido cotidianamente, aferrándonos a un clavo ardiendo. Esta situación, sobre todo, se nos hace presente cuando una persona se ve incapaz de sobreponerse a algún problema de salud que, tras haber recurrido a los conductos establecidos sanitariamente, se lanza a la desesperada a aferrarse a un clavo ardiendo con otros métodos o técnicas que existen no contrastadas científicamente en nuestro entorno, como por ejemplo el arte de la curandería u otras recomendaciones que pululan en las redes de comunicación infestándonos con remedios no justificados salvo lo que propugnan los anunciantes. Recuerdo hace unos días que, entre esas propagandas que de pronto se nos introducen cuando intentamos localizar unos datos en fuentes documentales, aparecía un señor que defendía un método para contrarrestar la impotencia masculina. Me llamó la atención y seguí escuchando hasta ver a dónde podría llegar. Al final, venía a decir que el éxito para contrarrestarla se conseguía a través de un tratamiento durante menos de un mes basado en extracto de corteza de pino y de ajo. Lo cierto es que no me gusta frecuentar la búsqueda en la redes de este tipo de soluciones basadas en otras experiencias ajenas a la medicina establecida, pues soy adicto de alguna manera, y así lo he dicho algunas veces, por pertenecer a la «generación de las pastillas», que auxilian mejor o peor, con o sin efectos secundarios, a la prolongación de momentos de la edad con más calidad de vida. Recuerden cuántas cápsulas toman al día, o bien cómo al final su médico de cabecera o especialista lo dejan en manos de la aspirina o el bicarbonato, sin especificar la marca del fabricante. Sin embargo, muchas personas, al verse desahuciadas o con imposibilidad material para localizar una solución del problema que encaje dentro de lo humano, se aferran a un clavo ardiendo y se llenan de fe recurriendo al «hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo», y buscan el apoyo de lo empíreo. Todo lo anterior podríamos hacerlo válido ya no solo al aspecto particular, sino también al momento que nos ha tocado vivir, ya sea social o político. En este último caso, ese aferrase a un clavo ardiendo, cuando ya es imposible encontrar la solución, y estando abocados a la desesperación se busque el remedio con algún recurso no adecuado para lograr el fin que se pretendía. Así, se podría recordar aquella anécdota que ya utilicé en una ocasión pretérita sobre agarrar o agarrarse a algo, viniéndome a la memoria una película en blanco y negro en aquel momento que se desarrolla en un manicomio en el que uno de los internos estaba pintando subido a una escalera y otro le dice: «Agárrate a la brocha que me llevo la escalera». En este caso, siguiendo políticamente lo celestial, si los políticos pertenecieran a un gremio medieval, se verían proyectados hacia la cercanía de lo divino a través de su patrón y benefactor. Por ejemplo a Santa Rita de Casia o a San Judas Tadeo, abogados de lo imposible, puesto que no podrían hacerlo a Judas Iscariote, pues no fue santo por razones conocidas evangélicamente. Sin embargo, centrémonos en lo puramente celestial y recordemos por la proximidad en el calendario a algunos de aquellos que recurrieron a nuestra patrona, Nuestra Señora de Monserrate, ante alguna dificultad difícil de superar. Pero, antes de ello, volvamos como otras veces la vista atrás y situémonos en el mes de septiembre de hace 20 años, en los momentos en que se estaba conmemorando los siete siglos del hallazgo de su imagen, que durante mucho tiempo había sido escondida y enterrada bajo una campana. El día 7 de septiembre de 2006 se efectuó la romería desde el Santuario de la patrona hasta la Catedral, donde fue depositada la imagen, que sería devuelta a dicho Santuario el día de la festividad, para en esta ocasión celebrar en el mismo la novena, y no en la Catedral como era tradicional. Al haber sido concedido por el papa Benedicto XVI como Año Jubilar, se contó con mayor número de fieles. La víspera de la fiesta se efectuó una romería con la imagen de la Virgen de Monserrate, que recibe culto en la Ermita de la calle de Arriba (actualmente del Poeta Miguel Hernández), hasta la Catedral. A las 22.30 se celebró un concierto en la plaza del Marqués de Rafal (antes y ahora de Ramón Sijé), a cargo de la Unión Lírica Orcelitana, dirigida por Pedro Maciá Castillo. El día 8 de septiembre, a las 7 de la mañana hubo Rosario de la Aurora, misas a las 7.30, 9.30, 11, 13 y concelebrada a las 19.30, presidida por el vicario general de la Diócesis, Francisco Conesa Ferrer, actualmente obispo de Solsona, e interviniendo el Coro Mixto de la Catedral. Tras la celebración ,como decíamos, se verificó la procesión de la patrona hasta su Santuario, que fue encabezada por los gigantes y cabezudos con la «charamita». El recorrido fue el siguiente: Catedral, Ramón y Cajal (Mayor), Alfonso XIII, Loazes, Puente de Levante, Calderón de la Barca, San Pascual, plaza Nueva, plaza Cubero, Puente de Poniente, López Pozas (Ángel), Santa Justa, Marqués de Arneva, Francisco Díe (Santiago), Santuario de Monserrate. Días después, 14, 15 y 16 de septiembre, se verificó el besamanto de la patrona. Desde aquel año de 1306 ya han transcurrido 720 años. La devoción a la patrona, más bien copatrona junto con las Santas Justa y Rufina, ha ido acompañada de lo que podemos llamar prodigios al sobrepasar los límites de lo humano y de portentos como sucesos singulares que por su extrañeza nos produce admiración. De ellos, el historiador oriolano Josef Montesinos Pérez Martínez de Orumbella, en su Compendio Histórico Oriolano, nos narra entre 1637 y 1808 un total de 32 milagros atribuidos a la Virgen de Monserrate, cifra que se ve incrementada hasta 43, al incluir varios en un mismo hecho milagroso, de los que muchos de ellos se anotaron en el Libro de la Cofradía, hoy desaparecido. Entre estos encontramos toda clase de prodigios, desde sanación de accidentados y enfermos, redención de presos y cautivos y resurrección de difuntos, además de la intervención milagrosa sobre todo ante riadas, tempestades, incendios y plagas. Así, sobre la resurrección de difuntos, en 1679 una niña de 11 años, hija de Mariano Soler y Anastasia García de Espejo, después de estar tres días fallecida, fue depositada sobre el ara del altar de la Virgen de Monserrate y recobró la vida. En 1713, un niño de siete años, Ginés Maestre, estando jugando cayó en una balsa de aceite en la Partida de Molina en nuestra huerta, en la que permaneció durante tres horas hasta que fue rescatado muerto por sus padres, Alonso Maestre y Ginesa Quesada, los cuales se agarraron como un clavo ardiendo a la intercesión de la Virgen solicitándole su auxilio. Así, el niño recuperó la vida en presencia de 60 personas. Los padres en agradecimiento hicieron donación de seis arrobas de aceite para la lámpara de la iglesia. El 7 de septiembre de 1643, el labrador Pascual García de Olarte, que pertenecía a la Cofradía de Ntra. Señora de Monserrate, se encontraba preso en Alicante sentenciado a muerte en la horca. Entonces se encomendó a la Virgen, quedándose dormido. Al despertar, sin ser visto por los guardines se encontró libre en la calle. En agradecimiento donó dos cahices de trigo, doce libras de cera fina blanca y parte de los grilletes con los que había estado preso. Milagros, prodigios y portentos estos que por devoción indudablemente fueron como el clavo ardiendo que en último lugar les sirvió para lograr lo que consideraban como imposible. Todo ello, gracias a esa pequeña Virgen Morena que estuvo acurrucada bajo una campana más de siete siglos. Quedando pendiente para otra ocasión otros casos en inundaciones, epidemias, incendios y plagas, en los que también el fervor sirvió a las gentes oriolanas para aferrarse a un clavo ardiendo.
Agarrarse a un clavo ardiendo
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