ME

Mercedes Barona

Quién tiene que mojarse

Image
Enciendo la tele. Pareja de cincuenta y tantos. Cómplices, guapos de esa manera en que la publicidad ha decidido que se envejece bien. Miran a cámara y comparten sonrientes su secreto: mojarse. Aparece el tubo de lubricante. Fundido a negro. Y un aplauso general por la audacia de hablar de sexo después de los cincuenta. Falta, sin embargo, una pregunta que el anuncio no formula: ¿quién tiene que mojarse? En español, «mojarse» es un verbo espléndido y tramposo. Quiere decir comprometerse, tomar partido, dejar de mirar desde la orilla. En esa acepción, el mensaje interpela a los dos por igual, y de ahí le viene al anuncio su aire simpático. Pero quiere decir además lo que literalmente dice, y ahí la simetría se rompe, porque de los dos cuerpos que aparecen en pantalla solo uno tiene encomendada la humedad. La marca se queda con el doble filo: parece una invitación y funciona como un diagnóstico. Y el diagnóstico tiene destinataria. Conviene decirlo pronto, para que no se me malinterprete: el lubricante no es el enemigo. La sequedad vaginal en la menopausia existe, tiene nombre clínico y se ha vivido durante décadas en un silencio espeso, entre el pudor y la resignación. Que un producto de gran consumo la nombre en horario de máxima audiencia es una buena noticia. El problema no está en el tubo; está en la gramática. En dónde se coloca el sujeto de la frase. Cuando la publicidad se ocupa del deseo masculino que flaquea, el relato se vuelve médico y casi épico: hay una función que restaurar, una consulta, una pastilla, un hombre que vuelve a ser el que era. Cuando se ocupa del cuerpo de ella, el relato se vuelve doméstico y levemente culpable: hay algo que ella no aporta, una carencia que corregir, un clima que debería haber creado. Él pone la iniciativa; ella, la humedad. Si la cosa no funciona, ya sabemos en qué cuerpo se buscará la avería. Y debajo late algo más antiguo. A la mujer se le ha exigido siempre ser la responsable de la temperatura ambiente: que la casa esté caliente, que la conversación fluya, que el otro se sienta deseado, que nadie note el esfuerzo. Ahora se añade una obligación nueva: que el propio cuerpo colabore puntualmente. La menopausia trae una etapa; lo que no debería traer es una factura moral. Un anuncio honesto diría lo obvio. Que el deseo a los cincuenta y tantos pide tiempo, manos, conversación, paciencia y, si hace falta, lubricante. Que ninguna de esas cinco cosas es tarea de una sola persona. Que mojarse, en el sentido bueno del verbo, consiste sobre todo en que él se implique: que pregunte, que espere, que deje de dar por hecho que el cuerpo de al lado funciona como un interruptor. Compren el lubricante, desde luego. Pero que la culpa se quede fuera del carro de la compra.
Quién tiene que mojarse
View on original source
Share
Archive
Like

(0)Comments

 

Related Opinion

A note on cookies

Newshunt uses essential cookies to keep you signed in and to remember your language and country, so the site works the way you expect. With your permission, we'd also like to use analytics cookies to understand how people use Newshunt and improve it over time.

Accepting only affects analytics. To learn more, view our Privacy Policy or Terms & Conditions.