Basta abrir el cajón de las medicinas para que desfilen el enalapril, el losartán, el omeprazol, la metformina, la atorvastatina, el lorazepam y el paracetamol. Unos acaban en «pril», otros en «prazol», «olol», «pam», «ina» o «án». Entre todos podrían formar una lengua nueva: el pastillil. Algunas personas mayores viven a base de comprimidos. Necesitan un pastillero por la mañana, el mediodía y la noche. No siempre es un abuso: muchas medicinas son necesarias y permiten vivir mejor. Pero hemos acabado depositando en las pastillas una fe que antes se reservaba a los santos.
Hay píldoras para dormir y estimulantes para despertar; remedios para quitar el apetito y preparados para recuperarlo; fármacos contra la tristeza y otros para contener la euforia; productos para adelgazar y suplementos para ganar peso. Hay cápsulas para el pelo, la memoria, los huesos, el deseo y los nervios. Nos duele algo: pastilla al canto. Hemos comido demasiado: un protector. No podemos ir al baño: un remedio. Vamos demasiado: otro.
El problema comienza cuando confundimos curar con consumir y pretendemos resolver químicamente cualquier incomodidad. El cansancio puede pedir descanso; la tristeza, compañía; el insomnio, menos café y menos pantalla; el sobrepeso, paciencia y buenos hábitos. Pero todo eso exige tiempo, voluntad y cambios. Tragarse una pastilla dura un segundo. Detrás de nuestra credulidad existe un gran negocio. La publicidad no vende solo productos: vende la esperanza de no envejecer, no sufrir y no hacer esfuerzo.
Si mañana anunciasen Pianil, alguien creería que aprendería a tocar el piano sin estudiar. Con Guapil nos volveríamos irresistibles; con Alturil creceríamos diez centímetros, y con Memorión podríamos recitar una enciclopedia después del desayuno. El gran éxito llegaría con Fenil-Tiamil-Pollil: permitiría competir con los jovencitos y casarse con la más bella a los noventa años. «Consulte a su médico o farmacéutico» (que estará encantado de vendérselo).
Quizá la pastilla más necesaria no se venda en las farmacias: una dosis de sentido común. (¿Qué esperan a embotellarlo?).
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