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Editorial

La crisis de Ceuta obliga a España a preservar su propia centralidad ante EE UU

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La crisis de Ceuta obliga a España a mirar más allá de Ceuta. Todavía habrá que esclarecer qué ocurrió exactamente, qué papel desempeñaron la desinformación, las redes organizadas y los distintos actores que pudieron aprovechar la situación y hasta dónde llegó la capacidad preventiva del Estado. Pero el episodio ofrece una enseñanza que trasciende la emergencia migratoria: Marruecos es hoy un país con mucha más capacidad para defender sus intereses en Washington, Europa, Oriente Medio y África que hace apenas una década. Y España debería incorporar esa nueva realidad a su política exterior. No se trata de sobredimensionar a Marruecos. Su economía sigue siendo inferior a la española y sus capacidades institucionales, empresariales y tecnológicas no son comparables con las de una gran economía de la Unión Europea. Tampoco cabe presentar cualquier movimiento de Rabat como parte de una estrategia contra España. Pero sería igualmente equivocado ignorar la extraordinaria progresión diplomática de un país de poco más de 38 millones de habitantes que ha conseguido convertir su geografía, su relación con Estados Unidos y su obsesión por el Sáhara Occidental en multiplicadores de influencia. Durante décadas, la relación entre Washington y Rabat descansó fundamentalmente sobre la seguridad, la cooperación militar, la lucha antiterrorista y la estabilidad del Magreb. Esa estructura permanece, pero sobre ella se está construyendo algo considerablemente más amplio. La competencia entre EE UU y China ha convertido las cadenas de suministro, los minerales críticos, la energía, la tecnología, el nearshoring y la autonomía industrial en asuntos de seguridad nacional. Marruecos quiere ser útil también ahí. El gran giro del Sáhara e Israel El momento decisivo llegó en diciembre de 2020. Donald Trump reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental al mismo tiempo que Marruecos normalizaba sus relaciones con Israel dentro de la dinámica de los Acuerdos de Abraham. Fue una operación diplomática de enorme trascendencia porque vinculó dos prioridades fundamentales: para Washington, ampliar la normalización árabe con Israel; para Rabat, obtener el respaldo de una gran potencia a la reivindicación que vertebra su política exterior. El Sáhara se convirtió desde entonces en el gran éxito de la estrategia marroquí hacia Estados Unidos. Washington ha situado la autonomía bajo soberanía marroquí en el centro de la búsqueda de una solución y Rabat trata ahora de transformar ese apoyo político en hechos diplomáticos, económicos y estratégicos difícilmente reversibles. El efecto terminó extendiéndose a Europa. Alemania pasó a considerar el plan de autonomía una base seria y creíble; Pedro Sánchez modificó en 2022 la posición española al definir la propuesta marroquí como la opción 'más seria, realista y creíble'; y Francia fue más lejos en 2024 al respaldar que el presente y el futuro del Sáhara se inscriben en el marco de la soberanía marroquí. Reino Unido también se ha aproximado a las tesis de Rabat. Lo que en 2020 parecía una decisión excepcional de EE UU para arropar a Israel ha terminado modificando sustancialmente el marco diplomático en el que se discute el conflicto. ¿Significa todo eso que la cuestión esté jurídicamente resuelta? No. El Sáhara Occidental continúa figurando para Naciones Unidas como territorio no autónomo pendiente de descolonización; el Frente Polisario reclama el derecho de autodeterminación y Argelia rechaza la soberanía marroquí. La propia permanencia de la Minurso recuerda que no existe una solución internacional definitiva. Pero tampoco puede ignorarse que la correlación diplomática es hoy mucho más favorable a Marruecos que hace diez años. De la diplomacia a la geoeconomía El éxito de Rabat consiste precisamente en haber entendido que esa ventaja política debía acompañarse de una transformación económica. Marruecos dispone desde 2006 de un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, tiene acceso privilegiado al mercado europeo, costes industriales competitivos y una situación geográfica excepcional. Tánger Med, convertido en el gran complejo portuario y logístico del continente africano, expresa físicamente esa estrategia: un nodo situado frente a España capaz de conectar Europa, África, el Mediterráneo y el Atlántico. La automoción proporciona otro ejemplo. Marruecos ha creado un ecosistema de fabricantes y proveedores internacionales y pretende ascender ahora hacia el vehículo eléctrico, las baterías y sus componentes. La inversión china añade una paradoja especialmente interesante: un país estrechamente asociado a Washington puede utilizar capital y tecnología asiáticos para fortalecer una plataforma industrial situada a las puertas del mercado europeo. Ese posicionamiento gana valor a medida que EE UU y la UE intentan reducir determinadas dependencias de China. La pregunta que se hacen ahora las grandes empresas no es solamente dónde resulta más barato fabricar, sino dónde pueden hacerlo con suficiente seguridad política, logística y comercial. Marruecos pretende ofrecer las cuatro cosas: costes, estabilidad, conectividad y acceso a mercados. Un socio que conecta varios mundos A Washington le interesa además una característica difícil de medir mediante el PIB. Marruecos pertenece simultáneamente a varios espacios políticos. Es mediterráneo y atlántico, árabe y africano, está próximo a Europa, mantiene fuertes relaciones con las monarquías del Golfo y ha desarrollado durante décadas una red de influencia económica, diplomática y religiosa en África subsahariana. La normalización con Israel añadió otra dimensión. Pese al impacto de la guerra de Gaza sobre la opinión pública marroquí, la cooperación estratégica ha continuado, especialmente en defensa, tecnología y ciberseguridad. Rabat ha adquirido sistemas militares israelíes, ambos países han profundizado su cooperación castrense y fuerzas israelíes han participado en ejercicios vinculados al African Lion , encabezados por Estados Unidos. A ello se suma el rearme marroquí. Washington es su principal suministrador de armamento y Rabat ha reforzado sustancialmente sus capacidades mientras mantiene una intensa rivalidad regional con Argelia. Seguridad y economía dejan así de ser compartimentos separados: puertos, industria, energía, satélites, tecnología, defensa y diplomacia forman parte de una misma estrategia de posicionamiento. Marruecos también ha desplegado esa política en África. Su regreso a la Unión Africana, la apertura de consulados de numerosos países en El Aaiún y Dajla, las inversiones de empresas marroquíes en banca, seguros y telecomunicaciones y la expansión de Royal Air Maroc muestran una voluntad sostenida de proyectarse hacia el sur. Rabat aspira a convertirse en una puerta hacia un continente que Estados Unidos no quiere dejar enteramente a la influencia económica china. Ceuta cambia la perspectiva española Es en este contexto donde debe analizarse la crisis de Ceuta. Sería imprudente atribuir a Marruecos una responsabilidad que no esté demostrada. El Gobierno español sostiene que Rabat ofreció cooperación inmediata y afirma no disponer de información de inteligencia que pruebe una participación de las autoridades marroquíes en la entrada masiva. Esa posición debe ser tenida en cuenta. Pero también sería ingenuo separar completamente lo sucedido del nuevo equilibrio regional. Marruecos ha reactivado públicamente sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla mientras consolida posiciones en el Sáhara, y algunos analistas advierten de que el país se muestra internacionalmente mucho más asertivo que durante la crisis del islote de Perejil de 2002 o incluso que durante la crisis fronteriza de Ceuta de 2021. Las dos ciudades españolas no están consideradas por Naciones Unidas territorios pendientes de descolonización y su situación jurídica es distinta de la del Sáhara Occidental. Esa diferencia es esencial. Pero España debe tomar nota de que Rabat dispone hoy de más interlocutores, mayor capacidad militar, una relación privilegiada con Washington y un peso creciente en África. Es decir, cuenta con más instrumentos para proyectar sus intereses. España sigue teniendo cartas extraordinarias La respuesta española no debería ser el lamento ni una carrera para impedir cada avance marroquí. EE UU no tiene que elegir entre España y Marruecos porque ambos países aportan activos diferentes. Y España conserva algunos que Rabat difícilmente puede reemplazar. España pertenece simultáneamente a la Unión Europea y a la OTAN, controla una posición decisiva en el acceso occidental al Mediterráneo y alberga las bases de Rota y Morón, esenciales para la proyección estadounidense hacia Europa, África y Oriente Medio. Dispone además de una economía aproximadamente diez veces mayor que la marroquí, infraestructuras avanzadas, empresas multinacionales, liderazgo en determinadas energías renovables y acceso pleno al mayor mercado integrado del mundo. El problema no es, por tanto, que Marruecos vaya a sustituir a España como socio de Estados Unidos. Es algo más sutil: el riesgo de una pérdida relativa de centralidad española en Washington. En política internacional, ganar peso no exige necesariamente que otro país lo pierda, pero quien consigue incorporar nuevos asuntos a una relación bilateral aumenta su capacidad de interlocución. Marruecos ya no habla con Washington únicamente de terrorismo o ejercicios militares: habla del Sáhara, Israel, África, Sahel, industria, energía, tecnología y cadenas de suministro. España debería ampliar de manera semejante su propia agenda. Hacerse difícil de sustituir Rota y Morón son activos excepcionales, pero no pueden constituir toda una estrategia. Madrid debería reforzar ante Estados Unidos su papel como plataforma energética entre África y Europa, su industria de defensa, sus capacidades tecnológicas, sus conexiones con América Latina y África occidental y su posición como único gran país europeo simultáneamente mediterráneo y atlántico con una relación histórica de primer orden con el Magreb. También necesita una política estadounidense menos dependiente de la afinidad entre presidentes. Donald Trump y Pedro Sánchez pueden mantener enormes diferencias políticas, pero los intereses estratégicos de dos Estados trascienden a quienes circunstancialmente gobiernan. España tiene que conseguir que cualquier Administración estadounidense encuentre razones suficientes para considerarla imprescindible. Ahí reside la principal enseñanza del ascenso marroquí. Rabat ha desarrollado durante años una estrategia persistente: convirtió el Sáhara en el prisma de su política exterior, utilizó la relación con Israel para aproximarse todavía más a Washington, extendió su influencia por África y añadió finalmente industria, logística y tecnología a su tradicional cooperación militar. En Ceuta pasó lo que pasó y todavía queda mucho por explicar. Pero la conclusión estratégica no necesita esperar a que todas las incógnitas sean despejadas. Marruecos ha ganado peso y España debe ganar el suyo. No se trata de competir con el vecino por cada gesto de Washington, sino de comprender que en la nueva geoeconomía la influencia pertenece, sobre todo, a quienes consiguen hacerse difíciles de sustituir. @mundiario
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