Se escribieron libros, se presentaron peritajes, se libraron batallas judiciales y se polarizaron familias enteras alrededor del llamado Síndrome de Alienación Parental. Pero la discusión nunca debió centrarse allí. La verdadera pregunta no es si existe o no. La pregunta es mucho más dolorosa: ¿qué ocurre cuando un padre o una madre convierte a su propio hijo en un instrumento para castigar al otro?
El supuesto síndrome consistía en una manipulación psicológica mediante la cual un progenitor programaba al niño para que odiara o rechazara al otro. Por eso se hablaba de alienación: porque el menor terminaba emocionalmente separado de su otro padre.
Fue un gran acierto de la Corte Constitucional advertir que este supuesto síndrome carece de sustento científico. Coincido totalmente: el futuro de un niño es demasiado valioso como para que un juez lo decida basándose en teorías que la ciencia rechaza. Pero tampoco podemos tapar el sol con las manos; hay una realidad que duele, y es que existen papás y mamás que, con toda la intención, se dedican a destruir el amor que su hijo siente por el otro.
La realidad nos muestra que existen padres y madres que, deliberadamente, destruyen el vínculo afectivo entre un niño y el otro progenitor. Negarlo sería cerrar los ojos frente a una experiencia cotidiana para jueces, defensores de familia, comisarios, psicólogos y trabajadores sociales.
Precisamente por eso considero acertado que la jurisprudencia constitucional haya desplazado el debate hacia el análisis serio de los hechos concretos. Ya no se trata de poner una etiqueta clínica, sino de investigar qué está ocurriendo con ese niño y si alguien está afectando su derecho a crecer con ambos padres y ambas familias. El centro deja de ser el conflicto entre adultos y pasa a ser el interés superior del menor.
Pero el derecho no puede ser ingenuo. Cuando un progenitor arrebata, sustrae, retiene u oculta al hijo con el propósito de privar al otro del ejercicio de la custodia y del cuidado personal, el ordenamiento jurídico colombiano deja de hablar de simples problemas de pareja y comienza a hablar de un posible delito. No fue casualidad que el legislador incorporara el artículo 230A del Código Penal: los hijos no son objetos de apropiación exclusiva de ninguno de sus padres.
Al estudiar este delito, la Corte Suprema de Justicia aclaró algo esencial: el bien jurídico protegido no es la mera autoridad de los padres, sino la familia como institución y, especialmente, el derecho del niño a mantener sus vínculos. También precisó que la discusión penal gira alrededor del ejercicio real de la custodia y el cuidado personal, y no de la patria potestad. Esa precisión evita que el derecho penal invada indebidamente asuntos familiares, pero impide que conductas verdaderamente arbitrarias queden impunes.
A mi juicio, cuando un niño manifiesta que no quiere relacionarse con uno de sus progenitores, la autoridad no puede concluir automáticamente que existe manipulación psicológica, pero tampoco puede asumir, sin mayor análisis, que esa voluntad expresa refleja la realidad del conflicto. La obligación de las autoridades es escucharlo con pleno respeto por su dignidad, pero también investigar de manera objetiva e interdisciplinaria las razones detrás de esa manifestación.
Cuando un niño crece escuchando que uno de sus padres no sirve para nada no solo se rompe una relación familiar; se rompe algo dentro del propio niño. Cada hijo está construido con la historia de ambas familias. Enseñarle a despreciar permanentemente a uno de sus padres es, en el fondo, enseñarle a despreciarse parcialmente a sí mismo. Ese daño difícilmente puede medirse en la comisaría de familia, en el ICBF o en un expediente en el juzgado de familia.
El verdadero desafío consiste en impedir que sean utilizados como instrumentos de negociación, de presión o de venganza. Los hijos no nacieron para ganar procesos judiciales, ni para inclinar conciliaciones, ni para fortalecer estrategias procesales; mucho menos para alimentar el resentimiento de los adultos. Nacieron para crecer rodeados de afecto, estabilidad y libertad.
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