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Pedro Alberto Cruz

Pedro Alberto Cruz: Humillados ante Mohamed VI

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He apoyado a Pedro Sánchez durante años: en un primer momento, por unas expectativas de transformación social de España; y, con posterioridad, por contener ... la llegada de la ultraderecha a La Moncloa. Pero su tiempo ya pasó. Hace meses que -a causa de los casos de corrupción que han dinamitado su núcleo duro- debería haber dimitido. Sánchez ya no gobierna, ya no atiende al clamor y estado de ánimo de la sociedad española -su único objetivo es defenderse, sobrevivir a toda costa, enrocarse en una visión paranoica del mundo por la que todos los factores y agentes nacionales y mundiales conspiran contra él-. El victimismo es el peor enemigo de la democracia: exculpa a la víctima de toda responsabilidad y convierte a todos lo que la rodean en enemigos de la verdad. Quien se repliega en el papel de víctima no se equivoca porque el error siempre es de los demás. Y es lo que le ocurre a Pedro Sánchez: ha perdido toda capacidad de autocrítica y, por tanto, de empatía. Vive al margen de la realidad, bunkerizado en un círculo de pelotas que sostienen su visión distorsionada de los hechos. Está devorando el futuro de la izquierda española para, me temo, muchos años. Se ha quedado solo o, mejor, solo le acompañan aquellos cuyo sueldo depende de él. Y esos no son aliados reales: son espectros que desaparecerán en cuanto las urnas dicten sentencia. Ante la crisis de seguridad de Ceuta, la más grave de la historia reciente de España, el PSOE ha decidido morir con su líder en un posicionamiento tan inverosímil como terrorífico: la exculpación de Marruecos. Considerar a una dictadura como un «socio fiable» ya es, de partida, un acto de cinismo insostenible. Una cosa es priorizar las vías diplomáticas por encima de cualquier otra opción beligerante, y otra convertir a un Estado como el español en el felpudo de un sátrapa que tiene cogido a nuestro país por sus genitales. El servilismo de Sánchez con Marruecos, cuyo primer hito fue el reconocimiento de la soberanía alauita sobre el Sáhara, es denigrante. Si, en algún momento y de manera momentánea, recupera la conciencia sobre la realidad, comprobará que esta humillación ante Mohamed VI es, entre todas las críticas que se le pueden realizar a sus últimos años de gestión, aquella que peor ha sentado a la ciudadanía española y que, bajo ningún concepto, le va a perdonar. Sánchez superó por los pelos la criba de las últimas elecciones por el miedo que muchos teníamos a regresar a un nacionalismo español de tufo franquista. Pero, durante el último mes, y como se demostró en la miríada de manifestaciones que salpicó la geografía nacional durante el pasado miércoles, se ha activado un sentimiento de 'españolidad' que, alejado de las posiciones ultras, ha permeado a un amplio espectro del centro y de la izquierda. Esta circunstancia, que solo se había dado con los triunfos de la selección española de fútbol, es, en su expresión sedimentada e incipientemente estructural, por entero nueva y supone, en última instancia, la transformación sociológica de un país poco dado a ondear oxigenadamente los símbolos nacionales. Y lo peor para Sánchez es que esta 'españolidad transversal' se ha ahormado contra él -o enunciado con mayor precisión: contra su irracional sumisión a Marruecos-. Sánchez y Marruecos ya no son percibidos por la sociedad española como dos sujetos diferenciados, sino como una hipostasia que amenaza nuestra integridad territorial. En su comparecencia, el pasado jueves, en el Congreso de los Diputados, Sánchez comenzó su discurso definiendo lo sucedido en Ceuta como una «crisis migratoria». El mantenimiento de esta hipótesis como causa de la crisis supone un segundo factor de instrumentalización para el eslabón más débil de todo el conflicto: los migrantes. Marruecos es un régimen autocrático que, en su falta de ética, no tiene ningún reparo en utilizar los cuerpos de sus ciudadanos en unos términos que roza la trata de blancas. Pero que, a continuación, el Gobierno de España se valga de la 'coartada migratoria' para no acusar a Marruecos de atentar contra la integridad de España supone blanquear la estrategia inhumana del país vecino y, por extensión, utilizar el drama de los más débiles para justificar lo injustificable. Dejemos de mercadear con las vidas humanas. La única manera de comenzar a hacer justicia con estos cuerpos vulnerables es reconocer que son las víctimas propiciatorias de la voracidad expansionista de Marruecos, y de la falta de escrúpulos de un Mohamed VI, que, es de facto, quien manda sobre la política española. Pedro Sánchez ha perdido toda capacidad de autocrítica y, por tanto, de empatía. Vive al margen de la realidad, bunkerizado en un círculo de pelotas
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