Se acerca la conmemoración del 11 de septiembre y el gobierno deberá diseñar un relato acorde con la fecha. En esos días no solo se bombardeará a los miembros del Ejecutivo con preguntas incómodas, sino que habrá manifestaciones en el centro de Santiago y actos violentos en sus barrios periféricos. El Presidente Kast tendrá así un desafío importante: mantener la seguridad y ordenar el discurso desde la dimensión política.
Ahora bien, este 7 de septiembre tiene lugar una efeméride poco discutida en los últimos años: el atentado del Frente Patriótico Manuel Rodríguez a Augusto Pinochet. Como muestra Juan Cristóbal Peña en Los fusileros, las personas que llevaron a cabo el asalto tenían vidas muy distintas y eran amateurs en lo que hacían. De hecho, el rocket que pudo haber volado al dictador no se activó debido a la corta distancia entre el punto de lanzamiento y el lugar de impacto.
Es sorprendente ver cómo parte de la izquierda sigue justificando el atentado como una manifestación del derecho a la resistencia que, por cierto, fue desarrollado en gran medida por escolásticos (Tomás de Aquino, Juan de Mariana, Francisco Suárez). Sin embargo, una persona cuidadosa sabe que, si analiza las circunstancias concretas del Chile de esa época, no se cumplían los requisitos para efectuar un tiranicidio legítimo y que el acto terminó siendo más dañino que beneficioso para la izquierda y el país.
Entre otras cosas, no había plena garantía de éxito y la finalidad tenía mucho de fantasía. ¿Qué hubiera hecho el FPMR en caso de tener éxito? En cuestión de minutos, alguien hubiese sucedido a Pinochet y, tal vez, Manuel Contreras habría vuelto con fuerza.
Una cosa era la legítima defensa de personas que, injusta e intolerablemente, fueron arrestadas, torturadas y asesinadas. Pero otra era que una banda de inexpertos que jugaba con banderas, metralletas y explosivos se intentara apoderar del país.
Algunos se empeñan en presentar a estos sujetos como héroes. La infantil (pero entretenida) serie Vencer o morir, por ejemplo, los rememoró como jóvenes idealistas que cuidan a las abuelitas durante sus atentados y que asesinan a CNI adictos a la cocaína y las prostitutas (qué raro).
Nona Fernández hace algo parecido en su novela Marciano, en cuyas páginas Mauricio Hernández Norambuena es presentado casi como un Odiseo chilensis. Estas miradas ignoran algo que la izquierda más radical (entre ella, el boricismo) ha evitado reconocer en los últimos años: el atentado a Pinochet fue contraproducente para la transición.
El clímax del FPMR en San José de Maipo tuvo más consecuencias negativas que positivas, partiendo por el hecho de que muchos de sus protagonistas terminaron muertos, y lo mismo ocurrió con gente que no participó, como José Carrasco, Felipe Rivera o Gastón Vidaurrazaga, asesinados en represalia.
Por otro lado, el acto pareciera haber fortalecido el régimen, ya que su mensaje de seguridad y del enemigo interno confirmó en ese momento un objetivo público concreto: las organizaciones paramilitares de izquierda.
Mientras las viudas y viudos de Pinochet intentaban ver a la Virgen en el vidrio blindado del Mercedes-Benz 500 SEL, los organismos de inteligencia tuvieron rienda suelta para combatir y reprimir. El FPMR les dio una torpe justificación a quienes apoyaron esos actos. Sumemos, además, una agravante: el atentado terminó por apagar la fuerza de las protestas del 83 y 84.
El Frente Patriótico, integrado por sujetos guevaristas, cuya épica buscaba conciliar la fortaleza araucana con la picardía del aristócrata (curiosa mezcla) Manuel Rodríguez, le propició un fuerte golpe a la izquierda en ese momento. Muchos líderes, como Ricardo Lagos, fueron arrestados horas después.
Y, por si fuera poco, entorpeció también el proceso de retorno de exiliados políticos y justificó la nueva declaración del Estado de sitio. En otras palabras, los fusileros hicieron que la dictadura recuperara el poder militar sobre el territorio. Pinochet no había sido tan fuerte desde los días más terribles de la DINA.
Por momentos, asombran la displicencia y el simplismo con que muchas personas de izquierda comprenden la actuación de esta organización, en dictadura y democracia. En 2018, el diputado Boric aceptó reunirse en París con uno de sus líderes, Ricardo Palma Salamanca, casi como un fanático de Los Prisioneros que busca ver a Jorge González.
Recordemos que, durante el régimen, el objetivo del grupo era volver a la democracia para instalar una dictadura marxista. Suena a facilismo 'facho', pero es cierto; tan cierto como la falsedad del Libro blanco escrito por un connotado historiador de derechas (véase al respecto el informe Valech).
Pese a su época de guardián de los indefensos, el FPMR terminó siendo un conjunto de delincuentes que se dedicó a los asesinatos y secuestros en democracia para pedir cifras en dólares. El 'Comandante Ramiro', nuestro Ché, un idealista del signo peso, se hizo experto en secuestrar personas acaudaladas. Ninguno de quienes defienden al Frente menciona eso, por supuesto.
Luego del atentado, del fracaso del Frente y, siguiendo con nuestra típica búsqueda de supersticiones, Pinochet dijo que la Virgen lo 'salvó'. La verdad es que el FPMR ayudó a hacerlo: gracias a él, todo el proceso de transición se retrasó y se cuestionó. Desde luego, cualquier sector político, sobre todo los más radicales, debe tener figuras míticas a las que admirar. Pero esta organización fracasó en todas las dimensiones posibles: militar, política y moral. Digámoslo: la gente siempre ha venerado cualquier cosa.
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