Hablar con quienes han muerto es una aspiración mucho más antigua que la ouija. Antes de que el conocido tablero se popularizara, ya existían rituales, golpes sobre mesas -basta recordar a las hermanas Fo-, escritura automática y diferentes formas de adivinación con las que se pretendía obtener información del otro lado. Con el tiempo llegaron el péndulo, los espejos, las grabaciones y fenómenos virales como Charlie Charlie. Cambian los objetos, pero se mantiene la misma pregunta: si una respuesta aparece después de haberla solicitado, ¿quién la ha provocado?
La cuestión resulta especialmente interesante porque muchos de estos métodos producen efectos reales. El vaso de una ouija puede desplazarse, un péndulo oscila y un lápiz colocado en equilibrio termina girando. La discusión empieza al intentar explicar el origen de esos movimientos. Frente a las interpretaciones paranormales aparecen mecanismos físicos y psicológicos conocidos, entre ellos el efecto ideomotor, capaz de provocar movimientos musculares sin que seamos conscientes de realizarlos.
A día de hoy no hay pruebas científicas que permita considerar ninguno de estos procedimientos como un canal demostrado de comunicación con los fallecidos. Eso no ha impedido que sobrevivan durante generaciones. Algunos incluso han dado el salto de las reuniones espiritistas a las redes sociales, donde antiguos temores encuentran nuevas formas de propagarse.
La ouija, el péndulo y un movimiento que nadie reconoce como propio
La ouija concentra buena parte de las historias sobre contactos con el más allá. Su funcionamiento parece sencillo: los participantes colocan los dedos sobre un master o planchette o un vaso y formulan preguntas. El objeto empieza a recorrer letras, números o respuestas hasta formar un supuesto mensaje. Lo desconcertante llega cuando todos aseguran que no lo están moviendo.
No es necesario que ninguno mienta para que esto suceda. El efecto ideomotor permite realizar pequeños movimientos musculares de manera involuntaria. Una expectativa o una idea puede traducirse en una acción tan leve que quien la ejecuta no percibe que la ha iniciado. Pero hay ocasiones en las que la tabla ouija da la vida de una persona que no está practicando y que lo que practican no conocen, entonces... ¿Quién lo mueve? El acierto total hace que se tenga que cuestionar el efecto ideomotor.
La participación de varias personas hace todavía más difícil el desplazamiento ideomotor. Cada mano aporta impulsos mínimos, cierto, mientras nota los de los demás, pero también es cierto que si alguien lo moviera el resto del grupo lo diría. Cuando el indicador empieza a dirigirse hacia una letra, los participantes quedan muy sorprendidos. El resultado termina pareciendo organizado aunque nadie haya decidido conscientemente escribir una palabra.
Algo parecido ocurre con el juego del vaso, una variante en la que se emplea un recipiente invertido sobre una superficie con letras o respuestas. También recuerda a las antiguas mesas parlantes del espiritismo. Durante el siglo XIX se popularizaron reuniones en las que los asistentes apoyaban las manos sobre una mesa y esperaban movimientos, inclinaciones o golpes. Mediante códigos sencillos, esos sonidos podían transformarse en un sí, un no e incluso en palabras completas.
El péndulo lleva el mecanismo a su mínima expresión. Basta un pequeño peso suspendido de una cadena o un hilo. Según las reglas establecidas antes de comenzar, cada dirección representa una respuesta. La persona intenta mantener la mano inmóvil, pero pequeñas contracciones musculares pueden iniciar la oscilación. El movimiento existe; lo que no queda demostrado es que la información que se le atribuye proceda de una entidad externa.
Esta diferencia es fundamental para entender todos estos métodos. Observar un fenómeno no significa haber demostrado la explicación que se le atribuye. Un vaso desplazándose o un péndulo cambiando de dirección son hechos visibles. Identificar esos movimientos como mensajes de un fallecido requiere una prueba diferente.
De Charlie Charlie a los espejos: cuando la expectativa completa la respuesta
En el año 2015, Charlie Charlie convirtió dos lápices y una hoja de papel en un fenómeno internacional de internet. El procedimiento consistía en colocar un lápiz sobre otro formando una cruz, rodeados de respuestas afirmativas y negativas. Tras invocar a Charlie y hacer una pregunta, el lápiz superior podía girar aparentemente solo.
El montaje tiene una característica decisiva: es muy inestable, todo hay que decirlo. El lápiz superior descansa sobre un punto de apoyo diminuto. Una corriente de aire, una vibración, una ligera inclinación o la gravedad pueden bastar para ponerlo en movimiento. En una habitación silenciosa, después de formular una pregunta, ese giro puede parecer una contestación inmediata.
La expectativa hace que dos acontecimientos consecutivos se perciban como relacionados: alguien pregunta y el lápiz se mueve. Sin embargo, que una cosa ocurra después de otra no demuestra que la primera haya provocado la segunda.
La percepción también desempeña un papel importante en prácticas mucho más antiguas. El scrying, por ejemplo, consiste en observar detenidamente una superficie —un espejo, un cristal, agua o un objeto reflectante— esperando encontrar imágenes o señales, en España lo llamamos catoptromancia. Aquí no hay nada que tenga que señalar letras. Es el observador quien debe interpretar aquello que aparece ante sus ojos.
Las condiciones en las que suelen realizarse estas experiencias tampoco son neutrales. La oscuridad reduce la información visual disponible, mientras que el silencio aumenta la atención sobre sonidos que habitualmente pasarían inadvertidos. Sombras, reflejos, crujidos y cambios aparentemente insignificantes adquieren importancia cuando alguien espera que ocurra algo.
Nuestro cerebro, además, está preparado para reconocer patrones. Encontramos caras en formas ambiguas y palabras en sonidos confusos. Por eso una experiencia puede resultar completamente convincente para quien la vive sin que la intensidad de esa percepción demuestre la existencia de un fenómeno paranormal.
Incluso una persona escéptica puede experimentar esa sensación. Saber de antemano que existen movimientos involuntarios no impide sorprenderse cuando un objeto se desplaza bajo nuestros propios dedos y no sentimos que lo estemos empujando.
Escritura automática, médiums y aparatos que buscan voces entre el ruido
La escritura automática propone otro camino. La persona sostiene un lápiz y deja que la mano se desplace intentando reducir al mínimo el control consciente. Dentro de determinadas corrientes espiritistas, los textos resultantes se han interpretado como comunicaciones recibidas desde el más allá.
La experiencia puede ser sorprendente porque el autor encuentra frases o asociaciones que no recuerda haber decidido. Sin embargo, la mente almacena información, palabras, nombres y recuerdos que no siempre están presentes en la conciencia. Reducir el control voluntario puede favorecer la aparición de contenidos inesperados sin necesidad de atribuirlos a una fuente sobrenatural. Aquí se pone en la balanza los dotes mediúmnica de una persona y la picarezca. Aunque hay libros escritos así, como el Libro de Urantia o una parte del libro sagrado de los Testigos de Jehová, por ejemplo.
Esa circunstancia también complica uno de los argumentos más utilizados alrededor de la ouija: las ocasiones en las que aparentemente proporciona información que nadie conocía. Para valorar un caso así habría que descartar que alguno de los presentes tuviera el dato, incluso sin recordarlo conscientemente, además de controlar pistas involuntarias, coincidencias y reinterpretaciones realizadas después de la sesión.
La mediumnidad plantea una fórmula distinta. Aquí no siempre existe un objeto intermediario. El médium puede afirmar que recibe palabras, imágenes, sensaciones o mensajes directamente. Desde el punto de vista científico, el problema sigue siendo el mismo: no basta con producir información sorprendente, sino que habría que demostrar de manera reproducible que procede de una conciencia fallecida y no de otras fuentes posibles.
Nuevas variantes con la tecnología y el espiritismo
La tecnología ha añadido una nueva variante mediante las llamadas Spirit Box y otros dispositivos electrónicos empleados por aficionados a la investigación paranormal. Sus usuarios buscan palabras o voces entre fragmentos de sonido y ruido. Una respuesta que parece contener un nombre puede causar una fuerte impresión, especialmente si coincide con lo que los presentes esperan escuchar.
Pero los sonidos dejan un amplio margen a la interpretación, por ello deben grabarse las sesiones y analizarlas con posterioridad. Una prueba más exigente consistiría en comprobar qué escuchan diferentes personas sin decirles previamente qué palabra deberían identificar. Cuanto mayor sea la información facilitada de antemano, más fácil resulta que la expectativa influya en lo percibido.
La Ciencia no ha establecido que la ouija, el péndulo, Charlie Charlie, la escritura automática, los espejos o los dispositivos electrónicos permitan mantener conversaciones con los muertos. Sí dispone, en cambio, de explicaciones para numerosos mecanismos que intervienen en estas experiencias: movimientos inconscientes, equilibrio físico, memoria, sugestión, percepción de patrones y expectativas. Aunque es cierto que hay experiencias que no puede explicar.
Eso no ha acabado con estas prácticas. De las mesas que golpeaban el suelo en las sesiones espiritistas del XIX a los lápices que giran ante una cámara de móvil, cada época ha encontrado sus propios instrumentos para enfrentarse a la misma incertidumbre. Los métodos se modernizan; la necesidad de preguntar qué ocurre después de la muerte permanece.
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