Moisés pronuncia sus discursos de despedida desde la cima del monte Nebo, avizorando la tierra a la que, sabe, no habrá de entrar.
El profeta, nombrado como 'el más humilde de los hombres' –dice el texto bíblico–, ha cometido sin embargo un acto de soberbia. Preso de ira e impaciencia ante la demanda del pueblo sediento, desobedece el mandato divino y, en vez de hablarle a la piedra para que de ella brote agua, la golpea con una vara. Como un sacerdote o monarca pagano, cree tener el dominio sobre los elementos y el derecho a expresar su violencia sin tapujos. Ese gesto le vale la sanción de Dios: no entrarás a la tierra prometida. Tan desmedido acto lo inhabilita como líder y lo destituye como modelo para un grupo humano que está forjando su futuro.
El episodio expresa una de las características del texto bíblico: a diferencia de las que ofrecen las culturas míticas antiguas, esta es una narrativa sin héroes. Sus protagonistas, por más encumbrados que se crean, son solo humanos. Fallidos, vacilantes, simples mortales acuciados por las mismas dudas y angustias que el común de la gente. Ninguno de ellos puede considerarse por encima de los demás. Ni siquiera el rey, en caso de que lo haya: el soberano tendrá la obligación de leer, al acostarse y al levantarse, 'el libro de la Ley', para que recuerde que él también está sometido a su rigor.
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