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José Miguel Giráldez

Estamos tontos o qué

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La preocupación por la llegada inminente de un mundo más autoritario no deja de crecer. Hay síntomas de que las libertades ganadas, no sin gran esfuerzo, en las últimas décadas podrían evaporarse con gran rapidez. Y no sólo son síntomas. En algunos lugares hace ya tiempo que esto sucede. El ejemplo paradigmático es el gobierno de Donald Trump, muy dañino para el mundo y muy dañino para sus propios ciudadanos. Si queremos preservar Europa, si queremos defender un mundo libre y abierto, hay que alejarse de Trump. Y de todos sus acólitos. Si no lo hacemos, pagaremos por ello. Si Trump es derrotado con contundencia en las elecciones de medio mandato de noviembre, puede que el planeta reciba un balón de oxígeno. Pero los males que aquejan al planeta no sólo se derivan del caos político que caracteriza las acciones de norteamericano. Ojalá fuera Trump el único causante de esta caída en picado que aqueja a la política de alto nivel. El mal se ha diseminado. Y pronto tendremos que reconocer nuestra parte de culpa. ¿Cuál es la razón profunda de que se extienda una mirada autoritaria y ultra en el mundo? He leído artículos que niegan la frustración ante las políticas de las izquierdas como la causa de que eso suceda. Hablan más de una derechización cultural de los más jóvenes, simplemente por una tendencia que invierte las ideas sus padres, como si se tratara de una revolución. ¿Una revolución que es, más bien, una involución? Muchos de esos jóvenes, sin embargo, no han conocido más que la bonanza económica y sólo saben de la guerra por los libros de historia (y a veces te preguntas si saben lo suficiente). Yo sí creo, sin embargo, en el surgimiento de una cierta decepción ante las promesas de la izquierda, que, a todas luces, debería activarse, en lugar de lamentar cómo se atacan con saña los fundamentos de la democracia. Tal vez los jóvenes de occidente piensen que su mundo no será ya como el de sus padres, pero quizás deberían detenerse por un instante y leer sobre lo que supuso el nazismo en Europa. O sobre las ruinas que nos dejaron las guerras. Que la oleada supremacista y autoritaria que, al parecer, agita el mundo, sirva para creerse todo un revolucionario de nuevo cuño, a veces con estéticas medievales, resulta, en efecto, muy preocupante. He llegado a pensar que, lo mismo que el sol que reinó durante su infancia libró a Albert Camus de todo resentimiento, este clima brutal que sufrimos ahora, este sol implacable y estas temperaturas infernales, están influyendo en un cambio social muy profundo, que pasa por anticipar el miedo a perder las ventajas del mundo rico, negar la solidaridad con el otro, endurecerse ante un futuro que algunos ven como un trasunto de Mad Max (polvo, sudor y fuego; desierto y gasolina). ¿El calor creciente nos está haciendo más insolidarios y crueles? Sí, es posible que estemos anticipando un mundo post apocalíptico, en el que sólo los más fuertes sobrevivirían. De ahí la afirmación (terrible, por otra parte) de Stephen Miller, y otros de ese ensoberbecido linaje, de que el mundo se mueve por la fuerza. Y parece que eso es lo que estamos viendo. La cuestión no es sólo saber cómo hemos llegado hasta aquí, sino saber cómo saldremos de aquí. Una Europa que ha hecho de la cultura y de la educación de todos (pública y gratuita, como debe ser) su motor de avance, por encima de las herramientas tradicionales de los imperios, superando el egoísmo depredador, colocando la libertad y la ciencia en la base del progreso, se ve de pronto atacada con herrumbrosas lanzas de antiguas batallas, con el perfume de caducos patrioterismos que hacen hervir la sangre joven, esa que suponemos educada en las altas miras, en los viajes, en la multiculturalidad. ¿Dónde está el error? ¿Por qué este giro inexplicable? ¿Ha triunfado el engaño y la propaganda, es decir, el ruido de las redes? No hay tiempo para preguntas retóricas, sino para la acción. Europa es ahora mismo la que sufre la gran andanada del autoritarismo y de adoctrinamiento retrogrado. Hoy se celebran elecciones en la Alta Sajonia, y las posibilidades de victoria del ultraderechista AfD son muy altas. AfD, recordaba ayer Hans Kundnani, en un magnífico artículo en el New York Times, titulado 'Algo alarmante está a punto de suceder en Alemania', es ahora mismo el partido más popular en ese país. Y ello a pesar de que está más a la derecha extrema que otros partidos similares en Europa. Alemania parece entrar en una grave crisis, y no sólo por los problemas de la industria automovilística, ante el surgimiento del gigante chino, sino por la cuestión rusa. Pero la cuestión rusa es un gran problema europeo. Farage sigue al alza en el Reino Unido, a pesar de su charlatanería inane (que sería capaz de detectar un niño). Le Pen podría poner fin muy pronto al europeísmo de Francia y a su legado de libertades. Y en Italia surgen fuerzas a la derecha de Meloni, nada menos. Y en Polonia. ¿Estamos tontos o qué? Perdónenme esta expresión. Es fruto de mi estupor.
Estamos tontos o qué
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