'España cristiana y no musulmana, moros fuera, invasores fuera'. Este mensaje fue uno de los más repetidos en las redes sociales y en las concentraciones convocadas por PP y Vox ante los ayuntamientos de toda España con el argumento de apoyar a Ceuta. Curioso. La población musulmana de esta ciudad autónoma ronda el 40 por ciento, así que, de entrada, dejan claro qué ceutíes parecen merecer su apoyo y cuáles no. Y digo católicos, que no cristianos, porque poco hay de las enseñanzas de Jesucristo en señalar al diferente, alimentar el odio y la exclusión.
PP y Vox señalan a las personas migrantes que, no nos equivoquemos, son más parecidas a nosotros que quienes cruzaron el Estrecho en sus yates para darse un atracón a costa de la desesperación de los ceutíes. Esa flotilla que fue a beber cerveza en medio de una crisis humanitaria y geopolítica gravísima que requiere la unidad de todos los partidos políticos para hacerle frente. Porque esto no va de quién gobierna, sino de salvaguardar la democracia de nuestro país frente a injerencias externas. Sin embargo, esperar lealtad y altura política de Feijóo y Abascal es como pedir peras al olmo. Ambos han corrido a situarse del lado de quienes cuestionan la españolidad de Ceuta y Melilla, desde Washington o Tel Aviv. Eso sí, con la pulserita bien visible para cumplir con 'el que pueda hacer, que haga' de Aznar.
Y así vimos cómo María José Catalá utilizó el Ayuntamiento de València para convocar a quienes tienen derecho a protestar de manera legítima porque no están de acuerdo con la gestión de la crisis y convertirlos en ariete de su estrategia de desgaste del Gobierno. Por mucho que hable de éxito, en València somos muchos más quienes salimos a las calles para defender la educación pública, reivindicar la igualdad el 8M y la diversidad el Día del Orgullo, decir no a la guerra y al genocidio del pueblo palestino y, sobre todo, apoyar a las víctimas de la dana. A pesar de las miles de personas que salen a la calle en cada convocatoria, Mazón sigue ahí, sostenido por PP y Vox, después de más de 230 víctimas mortales y miles de personas afectadas.
Qué casualidad, además, que muchas de esas movilizaciones hayan encontrado todo tipo de obstáculos por parte del gobierno de María José Catalá. Cuando no cortó el tráfico, informó de actos que nunca llegaron a celebrarse, programó castillos de fuegos artificiales o inició obras que coincidían con el recorrido de marchas históricas. Por no hablar de las concentraciones contra los asesinatos machistas, donde nunca dispone un atril ni lleva a cabo una convocatoria masiva.
Catalá y sus socios utilizan Ceuta porque no quieren que se hable de la invasión de los fondos buitre y los especuladores que convierten las viviendas en activos financieros. Estos son los que nos están echando de nuestros barrios y de nuestras casas. Los que están okupando nuestras comunidades vecinales. En Benicalap lo saben bien. Ante la preocupación de los vecinos y vecinas, la respuesta de María José Catalá ha sido inhibirse y mandarlos a la vía civil.
Nos invade el cambio climático. Ese que algunos de los socios de Catalá siguen negando mientras València afronta temperaturas cada vez más extremas. Frente a eso, su respuesta ha sido más asfalto y cuatro toldos en dos cruces. Y en la Devesa-Albufera, situar a un concejal negacionista al frente de la gestión que apenas ha ejecutado un 5 por ciento de las inversiones en el parque natural. El peso de la ley tiene que caer sobre el presunto pirómano que provocó el incendio del Saler, pero María José Catalá y sus socios de Vox tienen que asumir las responsabilidades políticas derivadas de una gestión sobre la que el periodista Carlos Navarro nos informa cada día.
Nos invade también la degradación de los servicios públicos. Hace unas semanas veíamos cómo en un centro sanitario de la avenida del Cid campaban a sus anchas las ratas y las cucarachas. En Torrefiel, personas con problemas de movilidad no podían acudir a sus consultas porque el ascensor no funcionaba. Las clases empezarán y la comunidad educativa volverá a denunciar aulas saturadas, plantillas diezmadas e infraestructuras deterioradas.
Por eso es evidente que están utilizando Ceuta y la preocupación legítima de muchas personas con otros fines. De ahí que acabáramos escuchando 'Pedro Sánchez, hijo de puta' o leyendo consignas como 'Marlaska al paredón por rojo y maricón'. Y que quienes sí acudieron a las concentraciones a mostrar su apoyo se vieran envueltos en banderas de aguiluchos y cruces de Borgoña, ondeadas por energúmenos fascistas que amenazaban con agredir a quienes estaban intentando informar, como tan valientemente denunció la periodista Loreto Ochando. Ni estas escenas se pueden normalizar ni se pueden permitir discursos políticos que animan a 'cazar inmigrantes' como si fueran animales. Y no lo olvidemos: hoy se les deshumaniza a ellos, pero luego lo harán con todos los demás. Esto también nos lo han contado ya.
Solo pido que no compremos su relato y hablemos de los problemas que nos afectan de verdad. Que abordemos la realidad de una València que se le ha atragantado a María José Catalá. Hablar de Ceuta le permite desviar la atención de todo lo demás. De la vivienda. De la sanidad. De la educación. Del Saler. Del cambio climático. De nuestros barrios. Así que no. La concentración convocada por PP y Vox no fue ni para apoyar ni para ayudar a los y las ceutíes. Fue para otra cosa. Pero si quieren hablar de invasiones, hablemos de las verdaderas. De las que están promoviendo los de arriba mientras nos enfrentan a los de abajo para apropiarse de nuestras vidas y convertirnos en mercancía con la que seguir haciendo negocio.
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