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Cuauhtémoc Carmona Álvarez

¿Andan sueltos los demonios?

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La semana pasada vivimos una tempestad de maldad. Unos crímenes cuyo simbolismo casi diabólico y demoníaco estrujan sin duda las conciencias de quienes, como los franciscanos, buscamos paz y bien. Una familia asesinada (la madre embarazada y su pequeña hija junto con su colaboradora doméstica) y su mascota; un diputado federal encontrado muerto en circunstancias extrañas; un vidente asesinado a quemarropa. Me pregunto: ¿De dónde surge tanto mal? Ante semejante escenario recuerdo una expresión teatral: 'los demonios andan sueltos'. Desde las religiones antiguas hasta la literatura (Shakespeare, la tempestad), el demonio ha representado aquello que desordena, seduce, destruye y conduce al ser humano a realizar el mal. Shakespeare convirtió la tempestad exterior en espejo de las tormentas interiores. El mar embravecido podía ser también el alma humana cuando pierde el rumbo. Estamos ante un problema tan antiguo y a su vez actual y que, además, tiene una carga filosófica importante que me lleva a la segunda pregunta de esta entrega: ¿Estamos ante una sociedad poseída por sus demonios o ante una sociedad que ha comenzado a convivir peligrosamente con el mal? Santo Tomás de Aquino ofrece una clave fundamental. El mal no es una sustancia, una cosa que exista por sí misma como existe un árbol o una persona. El mal es, propiamente, privación del bien debido. Y allí donde debería existir justicia, aparece la injusticia; donde debería existir respeto por la vida, aparece el homicidio; donde debería existir compasión, aparece la crueldad. El mal no necesita tener cuerpo propio para producir consecuencias terriblemente reales. Y esta distinción importa. Porque cuando decimos que 'los demonios andan sueltos' corremos el riesgo de colocar fuera de nosotros aquello que también debemos reconocer dentro de nosotros. Es cómodo pensar que el mal viene de alguna fuerza oscura, sobrenatural y ajena. Resulta mucho más incómodo admitir que puede anidar en decisiones humanas perfectamente conscientes: en la ambición sin límites, en el odio, en la envida, en la indiferencia, en la corrupción, en la deshumanización del otro. Hay un mal físico que padecemos y que forma parte de nuestra condición vulnerable: la enfermedad, el accidente, la muerte, el sufrimiento. Pero existe también el mal moral, ese que nace de la voluntad humana cuando deliberadamente se elige aquello que destruye al otro. Y éste debería preocuparnos especialmente, porque no es una fatalidad de la naturaleza: compromete nuestra libertad y, por tanto, nuestra responsabilidad. Porque una sociedad no se vuelve violenta de un día para otro. Antes de que aparezca el cadáver suele haber una larga cadena de renuncias: la pérdida del respeto, la normalización de la mentira, el odio, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, la glorificación de la fuerza, la impunidad, la corrupción de las instituciones y, quizá lo más grave, la costumbre de algunos de mirar la desgracia del otro como diversión, eso que los alemanes llaman: 'Schandenfreude', que no es otra cosa que la alegría por el mal ajeno. El filósofo Paul Ricoeur hablaba del mal como un desafío para el pensamiento, pero también como una experiencia que exige responsabilidad. El mal puede ser explicado parcialmente, pero jamás queda moralmente resuelto por una explicación. Comprender por qué ocurre no significa justificarlo. Y nombrarlo tampoco basta para combatirlo. Tomar la expresión 'los demonios andan sueltos' como una metáfora vale la pena cuando lo que vemos en palabras cotidianas no es de Dios. El problema es de todos e interpela a una sociedad creyente o no y sin duda, es más complejo. Va más allá de hacernos preguntas metafísicas por tratar de responder y ofrecer soluciones a un problema que nos atañe como sociedad y como nación. ¿Rudos contra técnicos como en la lucha libre? Tal vez ésta sea la verdadera batalla de nuestro tiempo: no una guerra sobrenatural entre ángeles y demonios, sino una lucha cotidiana entre aquello que humaniza y aquello que deshumaniza. La tempestad está ahí. La vemos en las noticias, en las calles, en las familias, en todos los tipos de violencia. El miedo que comienza a instalarse en la conciencia colectiva y ante una sociedad depresiva nos invade y asfixia. Es la acedia dirían los monjes del desierto… Frente a la violencia, creyentes y no creyentes tenemos al menos un punto de encuentro: no matarás. No hace falta compartir creencias para comprender que la vida humana es un bien suprema cuyo valor, más allá de ideologías, intereses económicos, poder político o circunstancias personales nadie se puede sentir con derecho a quitarla sin consecuencias y culpa. Y para terminar y volviendo al título de esta reflexión: ¿Los demonios andan sueltos? Quizás están entre nosotros y no nos damos cuenta. Y el verdadero peligro no es que los demonios anden sueltos, sino que terminemos acostumbrarnos al mal y que hagamos de sitios y lugares comunes un infierno…
¿Andan sueltos los demonios?
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