La información se ha convertido en los últimos años en un concepto líquido, manoseado y pervertido por el cambio de los tiempos, las redes sociales y el surgimiento de quienes se auto proclaman como portadores de la verdad. Esta es una realidad cada vez más asentada en una sociedad acelerada y alejada del reposo, la reflexión y que se muestra incapaz de hacerse preguntas y de dudar de lo escuchan, ven y leen. «La duda –como dijo Aristóteles—es el principio de la sabiduría», pero ese lema parece haber quedado caduco y ya no vende porque estamos rodeados de sabios por todas partes.
El episodio vivido a finales de julio en Ceuta es un ejemplo de lo importante que resulta hacerse preguntas, tener conocimientos, contexto, juicio crítico y una pizca de sentido común. La verdad con mayúsculas no está a la vuelta de la esquina sino que es algo que hay que buscar con insistencia y paciencia, escuchando a todos y cada uno de los actores que se han visto implicados en la llegada de más de 70.000 inmigrantes a Ceuta. Porque no existe una única verdad sino múltiples. No es lo mismo la verdad de quienes han entrado en Ceuta desesperados por buscar una vida mejor, que la del Gobierno de Ceuta, sus ciudadanos, la de Marruecos, la de quienes han visto los toros desde la barrera, la del Ejecutivo de Sánchez, la de los partidos de la oposición, la de la Policía o la Guardia Civil. Todos pueden tener argumentos válidos y por eso es conveniente escuchar. Pero la gente ya no está dispuesta a prestar atención a los argumentos que no están en sintonía con la idea preconcebida que tienen de la realidad, simplemente prefiere tener la razón aunque no la tengan.
Centenares de migrantes acampan en la playa del Trampolín, a 3 de septiembre de 2026, en Ceuta (España). / Marcos Moreno - Europa Press
La salud de la democracia depende, en gran medida, de la capacidad crítica y el sentido común de los ciudadanos pero también de que su Gobierno sea transparente y de que sus medios de comunicación tengan la capacidad de ofrecer argumentos y realidades desde distinto prisma sin importar a quién votan o de dónde vienen sus ingresos. La salud de la democracia depende de ser respetuoso con la separación de poderes, aceptar la derrota, tener altura de miras y ser conscientes de que un proyecto político o de país (sea cual sea) debe estar al servicio de las personas a las que representa y que conforman dicho país. La ideología y las proclamas altisonantes pero vacías de contenido no puede engullirlo todo porque entonces volvemos a tiempos pretéritos de infausto recuerdo. Hoy, estamos en la antesala de un populismo que solo lleva a un destino.
Cuando la ideología está por encima del servicio público, todo hace aguas. Cuando el diálogo se diluye, todo se esfuma y la población queda huérfana de referentes
El contexto político y social que vive España y sus autonomías resulta cada vez más complejo, no por sus realidades cotidianas (que los ciudadanos saben manejar mucho mejor que los políticos) sino por el empeño de los partidos en señalar al de enfrente y buscar culpables. La incapacidad de ser autocríticos y mirarse al espejo ha dejado a la sociedad huérfana de referentes claros. La educación, el empleo, la sanidad, los servicios sociales, la mejora de la calidad de vida, la vivienda y la inmigración son asuntos que están sobre la mesa de cualquier gobierno que se precie, pero requieren de consensos, y eso debería ser una exigencia de quienes ejercen su derecho a voto.
Esta misma semana nos ha dejado el exvicepresidente de Aragón y líder del PAR, Arturo Aliaga, un servidor público que fue más un técnico que un político. Un hombre que tejió consensos con Lambán como presidente del gobierno de un cuatripartito que tuvo que dialogar. Pero la lucha titánica de Aliaga por hacer lo que consideraba lo mejor para la comunidad se topó con la testaruda realidad de los intereses económicos y políticos. La batalla que libró en el PAR no fue casualidad. Era incómodo para muchos. Molestaba. No es la única ni será la última persona que ha salido con rasguños de la política. El problema es que esta realidad y el escenario político que se respira hoy está expulsando y generando desencanto entre quienes quieren dedicarse a la noble tarea de servir a los demás, incluso a costa de perder dinero. Hay numerosos casos y ejemplos de ello, y los últimos son recientes, en el nuevo Ejecutivo de Azcón, en el que Vox ha entrado con más fuerza, más protagonismo, más recursos y más ideología.
Pero cuando la ideología está por encima del servicio público, todo comienza a hacer aguas. Cuando el diálogo se diluye, todo se esfuma o desaparece y la población queda huérfana de referentes. Cuando la capacidad de escucha es nula, casi todo está perdido.
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