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Carlos Iglesias: un "loco lindo" del básquetbol chileno

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Periodista especializado en baloncesto, se desempeña en radio ADN y relata los partidos de la Liga Nacional de Básquetbol y la NBA en TNT Sports Chile. En el mundo del deporte, locos hay por montones. Varios de ellos, en el fútbol. Como el "loco" Marcelo Bielsa, que revolucionó nuestra selección chilena y la llevó a un Mundial; o varios jugadores, la mayoría arqueros, que fueron conocidos por ese apodo, como el "loco" Araya, Nicolás Peric o Hugo Orlando Gatti. En el básquetbol también hay varios, entre ellos el "Loco" Montenegro, exseleccionado argentino que en Chile jugó en el poderoso Provincial Llanquihue de principios de este milenio. Te puede interesar: Chile se consagra campeón del Americas Rugby Championship tras remontada ante Argentina › Pero de los que pasaron por los parquets de nuestro país, hay uno que es, por lejos, el más loco y el más querido de todos: Carlos Osvaldo Iglesias Báez. O simplemente, como todos lo conocemos: el "Loco" Iglesias. Y es que todos los que hemos asistido a los gimnasios chilenos en el último medio siglo conocemos, vimos o nos contaron de un extraordinario conductor, que llegó desde el sur de Argentina en la década del '70, que luego se convirtió en entrenador y que nunca más dejó esta tierra. Conocidas fueron sus grandes habilidades con la pelota, pero seguro mucho más las extraordinarias historias de un personaje inigualable, que nunca pasó desapercibido, por su gran simpatía, pasión y particular estilo. Te puede interesar: Wimbledon les cierra la puerta a los influencers tras el fiasco del US Open › Como jugador, lo sufrieron los defensas rivales. Como entrenador, los árbitros y las mesas de control. Y lo disfrutaron los más importantes: el público, que reía de buena gana con sus arranques de locura. Y eso que sus mejores anécdotas se vivieron en la intimidad de un camarín, de un entrenamiento o de un viaje junto a sus equipos. Varias de ellas, por cierto, son tan memorables como incontables. Todo comenzó en Buenos Aires, donde uno de sus tantos arranques de rebeldía infantil lo llevaron a cambiar el fútbol que le inculcó su padre. Como buen vecino de La Paternal, Carlos jugaba en las escuelitas de Argentinos Juniors. Pero un día, camino al entrenamiento, vio un grupo de chicos jugando básquetbol y, como faltaba uno, lo invitaron. Aceptó, aunque no entendía nada y nunca había jugado. Eso, más que una traba, fue una motivación, que lo llevó cada día a practicar en solitario lo que otros jugadores hacían con tanta naturalidad, pero que a él no le salía. Una y otra vez, hasta que dominaba cada jugada, cada movimiento, cada lanzamiento. Iglesias le hacía la "cimarra" al fútbol y se arrancaba al baloncesto. Y de Argentinos Juniors, el equipo de Maradona y de Borghi, se pasó a Boca Juniors, igual que el Diego, pero Carlos lo hizo para cambiar los 32 cascos por la naranja. El Loco y el Mono. Todo, por cierto, a escondidas de su familia, que luego por temas laborales de don Carlos, su viejo, tuvo que dejar la capital y trasladarse a General Roca, más de mil kilómetros hacia el sur de Argentina. Ahí, Iglesias junior conoció al "Mono" García, que lo integró al equipo de esa ciudad austral. Y el "Loco", igual que un mono, seguía imitando las jugadas y movimientos de los que jugaban mejor que él. Hasta que el dominó mejor que nadie, se convirtió en un jugador distinto, dominante, goleador. No había vuelta atrás. El baloncesto era lo suyo. En General Roca y dentro de una cancha de básquet, el pequeño Carlos conoció a Mario Spada. El destino los uniría para siempre. Juntos cruzaron la frontera, en otro arranque de locura y rebeldía de "Iglesias Junior", como lo llamó un dirigente de un equipo temuquense, Teodoro Ribera, que fue a disputar partidos amistosos en la zona y que le pidió que jugara para ellos como refuerzo. Ante la negativa de Carlitos, le insistió y hasta le ofreció un pago, que el chico no aceptó. Sí aceptó jugar por ese quinteto del sur de Chile: las Saetas Verdes. Entre sus compañeros, estaban el legendario Rufino Bernedo y Juan Salvadores, uno de los hermanos que marcaron una época en el basquetbol chileno de los '60 y los '70. El destino es sabio y "don Teo" le dejó medio a la mala un fajo de billetes que Carlos Iglesias no tomó en cuenta. Hasta que, un día, lo vio, los contó y de la noche a la mañana partió a comprar pasajes en bus rumbo a Temuco. Y se llevó a Mario Spada. Ahí buscaron a Ribera, quien de inmediato recibió, atendió y acogió a estos dos jóvenes argentinos, que viajaron para unas pequeñas vacaciones de un par de semanas y en medio de todo jugar básquet, pero que se quedarían mucho más, para defender a la Unión Española de Temuco. Entonces comenzó su otra historia, en la que Carlos Iglesias se convirtió en el gran protagonista. En un nombre propio de nuestro basquetbol. Primero en Temuco, donde la liga local y los clásicos -especialmente con San José de La Salle- eran fuertemente disputados. Luego en el sur, como gran figura de los recordados y multitudinarios torneos Provincias del Sur, que los temuquenses disputaban con los representativos de Concepción, Valdivia y Osorno. Y finalmente, en canchas de todo Chile. Cuentan los que lo vieron jugar que era un conductor extraordinario, con gran manejo del balón y visión de juego, facilidad para utilizar ambas manos, muy hábil, rápido, goleador. "Tenía tremenda calidad. Una vez, él solo le ganó a Valdivia un Provincias del Sur con Temuco, en el Gimnasio La Salle", relata Antonio Ormeño, comunicador valdiviano de larga trayectoria. Pero también recuerda el lado B de Carlos, ese que lo popularizó como el "Loco" Iglesias: su rebeldía y picardía. Y es que Ormeño también fue árbitro y le tocó sufrirlo dentro del rectángulo de juego. "Era excelente jugador, pero también era un muchacho terrible. Le cobré varios técnicos, porque como le pegaban mucho, reclamaba todo. Venía y parecía que no hacía nada, porque ponía las manos atrás, pero te garabateaba de lo lindo. Era muy pillo. Iglesias tenía su genio, un temperamento fuerte y te echaba la gente encima", recuerda entre risas Ormeño Chandía. Y es que este loco lindo hace que todos recuerden como anécdotas hoy lo que en su momento eran apasionadas y duras discusiones. Lo sabe bien el cura que entrenaba y dirigía todo en La Salle, al que puteaba y reputeaba en cada clásico temuquense con la Unión Española, pero que con el tiempo se convertiría en su amigo. Y quien, de seguro, le perdonó todos sus pecados cesteros. Esos arranques hicieron que Carlos Iglesias transitara siempre al límite de lo permitido. Una pasión que sufrieron rivales, entrenadores y árbitros, y que innumerables veces le costó faltas técnicas o expulsiones. Pero las de la cancha no serían las primeras. En su adolescencia fue expulsado del colegio, porque llegó al límite de amonestaciones o anotaciones: 25 en un año. En jerga cestera, completó el límite de faltas. Tuvo que terminar la secundaria en un liceo nocturno. ¿Un par más? Cuando su talento y grandes actuaciones le valieron a su primera citación a la selección argentina juvenil, también lo echaron. Y en el otro extremo de la vida, hacia el final de su carrera, lo castigaron para siempre de nuestra Liga Nacional de Básquetbol, porque se enojó y explotó ante un control antidoping de sorpresa, en medio de un entrenamiento de su equipo, en Temuco. Pero esa personalidad que le costó varias rabias, peleas, expulsiones y castigos, también lo convirtió en un personaje inigualable, célebre, divertido y muy querible. Como jugador y como entrenador fue, además, siempre muy ingenioso. Tanto que, en una de esas tantas expulsiones por técnicos, en un partido de nuestra vieja y querida Dimayor, cuenta la historia -escrita en una crónica del periodista Leonardo Vera- que, en lugar de partir ofuscado al camarín, prefirió salir del gimnasio para instalarse en el camión del canal de televisión que transmitía. Desde ahí veía el partido. Pero también las instrucciones del director técnico rival durante los minutos pedidos, así que escuchaba sus instrucciones, las jugadas que ordenaba y tras eso Iglesias tomaba el teléfono y llamaba a su asistente para una contarle todo o para ordenarle una contra jugada. Anécdotas e historias como estas hay por montones. Muchas, la mayoría, están en este libro. Otras, seguro, son incontables. Mientras escribía estas líneas, fui buscando archivos, artículos, crónicas, pero también hablé con varios de sus excompañeros, rivales, amigos y dirigidos. Y todos, absolutamente todos, recuerdan y me contaron varios de esos arranques de locura de un tipo muy particular, de personalidad explosiva, pero que todos recuerdan con afecto, respeto y cariño. Pero ojo que no sólo hablamos de un personaje divertido, apasionado y rebelde. También fue siempre muy competitivo. Y ganador. Como jugador, ganó la Liga Sur y el Provincias del Sur. Cómo no, con equipos temuquenses. Fue campeón de la Dimayor en 1994, con Universidad de Temuco, la recordada UT, derrotando en la final a Universidad de Concepción. Y también ganó el título de la actual Liga Nacional de Básquetbol (LNB) en la temporada 2012-2013, dirigiendo a Español de Talca y con un campañón: ganó 29 partidos y apenas perdió dos. Incluso, por su capacidad, conocimiento y recorrido, su compatriota Daniel Allende lo llevó como asistente técnico a la selección chilena. ¡Con el "trompo" y el "loco", cuanta historia y viveza junta en esa banca! Llevar el buzo de Chile de seguro fue muy especial para Carlos Iglesias. Porque si bien es argentino de nacimiento, es chileno por adopción. Y por opción. Se casó con una chilena, Paula, tuvo dos hijos chilenos (uno de ellos, lamentablemente, falleció en 2003 con sólo 19 años), y en 1988 se nacionalizó chileno. Y aunque nació en Buenos Aires y creció en General Roca, Temuco es su lugar en el mundo. Fue a varios lugares, para jugar y dirigir, pero siempre volvió. Ahí vivió los mejores años de su vida. También los mejores como jugador y entrenador, en la Unión Deportiva Española, la recordada UDE, con la que peleó varios campeonatos. Como todo deportista, Carlos ganó y perdió. Y jugó partidos bravos, como esos clásicos temuquenses de la época dorada del básquetbol de esa ciudad o los duelos del añorado Provincias del Sur con gimnasios repletos y con un ambiente que sólo se ve en parquets sureños. Pero el de ahora es un partido distinto. Y el rival, demasiado duro. Despiadado. Pega, pega y no da respiro. Machaca la defensa como ningún otro. Desgasta, apalea, te bota. Pero Iglesias lo aguanta, se levanta y le da pelea, como en sus mejores tiempos de basquetbolista. Y le hace fintas para seguir en el juego. Porque Carlos Iglesias es y siempre fue así. Un rebelde, un luchador, un guerrero. Un distinto, dentro y fuera de la cancha. Siempre le buscó la vuelta a todo y fue construyendo su propia historia, como diseñando y dibujando en su pizarra cada jugada, en cada cuarto, del partido de su vida. Y jugó como él quiso, no como otros le dijeron. Bien lo supieron sus padres, profesores, entrenadores o árbitros. Y que lo sepa también el cáncer. Desde que mi gran amigo y compañero de transmisiones televisivas, el coach Carlos Álvarez, me pidió llevar adelante este prólogo, acepté sin dudarlo. Porque me lo pedía él, un señor del básquetbol, y porque me daría la oportunidad de escribir sobre un gran personaje. Y una gran persona. Crecí escuchando sus historias. De su juego, su talento, su histrionismo. Después yo mismo lo vi en acción, ya como entrenador y yo como un joven reportero. Y pude conocer a un grande del básquetbol chileno, que no nació en nuestra tierra, pero es uno de los nuestros. Ha sido un honor escribir estas líneas. Y las que vienen, escritas por el coach Carlos Álvarez, son todavía mejores. Los invito a conocer la historia y las historias de un personaje sin igual: don Carlos Osvaldo Iglesias Báez. El gran "Loco" Iglesias.
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