Al presidente George W. Bush, los atentados del 11-S del 2001 –el viernes se cumplirán 25 años– le pillaron visitando una escuela de primaria en Sarasota (Florida). Allí fue fotografiado, frente a una audiencia infantil, cuando su jefe de gabinete le susurraba al oído la noticia del atentado. La cara de Bush, inmortalizada por la prensa, fue de pasmo total: una expresión de sorpresa e incredulidad causada por el ataque a domicilio a la primera potencia mundial.
Unas tres mil personas murieron aquel día en las Torres Gemelas o sus alrededores. Entre ellas, 343 bomberos y sanitarios que, a diferencia de los ocupantes de dichos rascacielos, subieron a pie cargados con toda su impedimenta por tenebrosas cajas de escaleras cuando la primera torre había sido ya atacada. Desafiaron así consciente y heroicamente unos riesgos que acabarían siendo también mortales para ellos.
Bush supo evitar una reacción desmedida ante los escolares. Pero no la reacción desmedida de los Estados Unidos que presidió hasta el 2009. La declaración de guerra contra el terrorismo fue determinante. También lo fue el recurso a los llamados ataques preventivos.
En el 2001, sus tropas invadieron Afganistán. Ese mismo año se promulgó en EE.UU. la Patriot Act, que aumentó los poderes de la policía y los servicios secretos, en detrimento de la libertad y privacidad de los ciudadanos. En el 2003, EE.UU. invadió Irak, alegando que poseía armas de destrucción masiva, cosa que no pudo demostrar. Nada de eso sirvió para evitar los atentados de Madrid (2004), Londres (2005) o tantos otros: más bien los incitó.
El ataque terrorista y la reacción de EE.UU. han propiciado un retroceso de la libertad y la democracia
Las mencionadas operaciones militares dieron magros frutos y propiciaron posteriores conflictos en Libia, Siria, Mali o Yemen. No menos grave fue que, en aras de la 'seguridad', se fuera consolidando la erosión de las libertades. Por supuesto, en los países invadidos. Pero también en EE.UU., donde se creó un Departamento de Seguridad Nacional frente a amenazas exteriores, y cuya administración normalizó en Guantánamo la detención indefinida y la tortura. E incluso en países europeos, donde se endurecieron controles de viaje y fronteras, ganó terreno el discurso anti inmigratorio y avanzó la ultraderecha.
El 2 de mayo del 2011, el presidente Barack Obama, sucesor de Bush, anunció que el líder terrorista Osama bin Laden, inspirador de los ataques del 11-S, había sido aniquilado. Su cuerpo fue arrojado ese mismo día al mar Arábigo para evitar que su tumba se convirtiera en una Meca para islamistas radicales. Algunos creyeron que aquello ayudaría a cicatrizar la herida del 11-S y a desmantelar Al Qaeda. No fue así. Los terroristas islamistas siguieron actuando mediante una red descentralizada. La guerra contra el terror generó nuevos frentes. Los efectos indeseados de los atentados y de la respuesta de EE.UU. siguieron y siguen expandiéndose.
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Llàtzer Moix
El presidente Donald Trump tiene gran responsabilidad en esto último. No solo permite a Israel seguir con su genocidio en Gaza y abusar de Líbano o Siria. También incrementa, según él en defensa de la seguridad nacional, la violencia de Estado y la progresiva y excluyente laminación de las libertades. El cuerpo parapolicial ICE, creado para perseguir a los inmigrantes, es quizás la prueba más sangrante de su escasa consideración por los derechos humanos y la democracia. La alianza del presidente con los magnates tecnológicos, que le suministran nuevas herramientas de control, nos lleva a un futuro distópico.
Quienes vieron en directo televisivo las imágenes de las Torres Gemelas envueltas en una bola de fuego o desplomándose no las olvidarán jamás. Pero ha pasado un cuarto de siglo y cerca del 30% de la población de EE.UU. es menor de 25 años: cien millones de estadounidenses no habían nacido el 11-S. Conviene pues recordar los hechos, honrar a sus víctimas, ver en qué medida ciertas políticas han degradado la democracia de EE.UU. (también la global) y, con el afán de revertirlas, apoyar otras más constructivas. De momento, eso aun no está prohibido.
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