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Ceuta y el riesgo de la violencia

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El jueves conocimos el homicidio en Ceuta de un marroquí en situación irregular. Esa condición apareció inicialmente como uno de los elementos destacados de la noticia. Horas después supimos que la detenida era su prima, que lo alojaba en su casa y que nada apuntaba a que el crimen tuviera relación con su condición de inmigrante. El viernes, padres y vecinos protestaban contra un centro de acogida junto a una escuela infantil y reclamaban «seguridad para sus hijos». Dos noticias muy distintas que reflejan la tensión que rodea hoy a la inmigración en Ceuta. España ha pasado de apenas medio millón a más de siete millones de extranjeros residentes en tres décadas. A pesar de esos niveles de inmigración y de dos graves crisis económicas, nuestras ciudades apenas han sufrido episodios de violencia colectiva relacionados con la inmigración. El Ejido, en 2000, y Torre Pacheco, el año pasado, son las dos grandes excepciones. En ambos se combinaron segregación y desigualdad, una agresión inicial y llamamientos por internet y redes sociales que atrajeron a jóvenes de otros lugares. La integración de millones de inmigrantes ha sido uno de los grandes éxitos de la sociedad española. Pero Ceuta nos recuerda que la convivencia no puede darse por descontada. La llegada de miles de personas, la pobreza y la segregación de algunos barrios y la presión sobre los servicios públicos elevan la tensión. En esas circunstancias, una pelea, una agresión o incluso un rumor pueden dejar de verse como un incidente entre individuos y convertirse en un conflicto entre grupos. Ceuta añade un ingrediente peligroso: la sensación de que el Estado no controla la situación. La violencia resulta mucho más difícil cuando todos saben que la policía protege a quien es atacado y detiene a quien ataca. Cuando se pierde esa sensación de seguridad, algunos empiezan a pensar que tienen que protegerse por sí mismos. Es ahí donde aparecen patrullas, grupos organizados o llamamientos a defender el barrio y a los nuestros. La pobreza y la segregación generan agravios, pero no bastan para producir violencia. Hace falta también una oportunidad. Y pocas son mayores que la percepción de que el Estado no puede impedirla. Durante décadas, España ha evitado que una inmigración masiva desemboque en violencia colectiva. La pregunta es si Ceuta puede ser el punto de inflexión.
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