El dinero aborrece la incertidumbre, pero la geopolítica actual ha empujado al activo refugio por excelencia —las reservas monetarias de oro— a emprender un viaje de retorno sin precedentes en la historia monetaria reciente. El reordenamiento estratégico del Banco Central de los Países Bajos (DNB), que ejecutó la reubicación de 86 toneladas de oro desde Nueva York y Ottawa hacia Londres entre marzo y agosto de 2026, sumado a la repatriación completa de 129 toneladas por parte del Banco de Francia desde la Reserva Federal de Nueva York hacia sus bóvedas en París entre 2025 y principios de 2026, marca el inicio de una nueva era de las geofinanzas.
Lo que presenciamos no es un rutinario ajuste técnico de cartera ni una decisión operativa. Es el repliegue preventivo de las potencias europeas ante las crecientes grietas en la confianza hacia la arquitectura bancaria, judicial y regulatoria de Estados Unidos. En un entorno internacional donde las certidumbres multilaterales se disuelven, el metal dorado recupera su función esencial: actuar como un activo soberano neutral que no depende de las promesas ni de los decretos de un gobierno extranjero.
La 'militarización' monetaria y el factor Washington
Para comprender el alcance de este éxodo de lingotes, es indispensable analizar el trasfondo geoeconómico que lo impulsa. La premisa del sistema financiero internacional configurado tras la Segunda Guerra Mundial se asentaba en la neutralidad de las instituciones custodias de la potencia hegemónica. Sin embargo, ese paradigma comenzó a desmoronarse aceleradamente tras la congelación masiva de activos soberanos rusos en 2022. Aquella medida sentó un precedente alarmante sobre la militarización (
weaponization
) del dólar y de las redes globales de pago.
Esta tendencia a la fragmentación ha encontrado un nuevo impulso bajo las políticas y la retórica de la administración de Donald Trump. Una agenda exterior caracterizada por la impredecibilidad, la amenaza constante de aranceles punitivos como herramienta de coerción geopolítica y el uso agresivo de sanciones extraterritoriales ha alterado la evaluación de riesgo de los bancos centrales europeos. Mantener activos bajo la jurisdicción de la Reserva Federal en Nueva York ya no se percibe como una garantía neutra e inexpugnable, sino como una exposición indeseada a eventuales decisiones unilaterales o litigios en tribunales estadounidenses.
Las decisiones adoptadas por París y Ámsterdam reflejan dos respuestas complementarias para proteger la soberanía financiera en un orden multipolar cada vez más tenso e impredecible. En este contexto global, ambos países todavía tienen margen de maniobra político para ejercer soberanía territorial frente a la liquidez estratégica.
Este reordenamiento masivo de 'activos dorados' se inscribe dentro de un proceso estructural de diversificación de reservas a escala global. Si bien el dólar mantendrá su hegemonía en las transacciones comerciales internacionales en el corto plazo, la erosión de la fe ciega en las instituciones financieras de Estados Unidos es un hecho innegable que transformará las geofinanzas de la presente década.
Estas tensiones globales exigen una estrategia prudente para Panamá, dada la plena dolarización de su economía y la estrecha vinculación de su Centro Financiero Internacional con los flujos monetarios estadounidenses. En un entorno monetario cada vez más incierto y polarizado, producto de la creciente fragmentación de la infraestructura financiera mundial, y con márgenes de soberanía territorial comparativamente inferiores, se hace imperativa la adopción de medidas que contribuyan a proteger la estabilidad y la competitividad financiera internacional del país.
El autor es analista de relaciones internacionales, seguridad y economía política.
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