En estas últimas horas de calma que cierran un verano intenso, cuando la luz declina con esa serenidad que invita a pensar, reaparece una pregunta ... que atraviesa silenciosamente la vida de cualquiera: ¿la existencia se sostiene en la rutina o en lo extraordinario? ¿Somos fruto de lo que repetimos cada día o de esos sobresaltos que irrumpen sin avisar y reordenan el mapa emocional y vital?
La actualidad parece empujarnos sin tregua hacia lo extraordinario. El escenario internacional vive una sucesión de crisis que reconfiguran la geopolítica global con la brusquedad de un oleaje que no cesa. Las relaciones entre Estados Unidos, Irán, Rusia y Ucrania siguen marcadas por la guerra y la disputa por la seguridad europea. En Oriente Próximo, Israel, Líbano y los países del Golfo se mueven en un equilibrio frágil donde la rivalidad regional y los intereses energéticos conviven con diplomacias siempre insuficientes. En Asia-Pacífico, China y Corea del Norte tensan el tablero con su presión militar y sus ensayos balísticos, obligando a Washington y a sus aliados a reforzar su presencia estratégica.
A ello se suma la crisis interna que atraviesan la OTAN y la Unión Europea. La Alianza Atlántica, fortalecida en su flanco oriental, lidia con divergencias entre sus miembros y con el reto de sostener el esfuerzo militar sin fracturas políticas. La Unión Europea intenta mantener la cohesión frente a crisis energéticas, migratorias y de seguridad que ponen a prueba su proyecto político y su capacidad de respuesta. Ambas instituciones avanzan entre presiones externas y dudas internas que revelan un tiempo de transición incierta.
Mientras tanto, el planeta acusa una inestabilidad climática sin precedentes: inundaciones devastadoras en Nepal, sequía en Europa, olas de calor en el Sahel, incendios en Canadá, tormentas tropicales en el Atlántico. Incluso España ha sentido el golpe: tormentas repentinas en la costa mediterránea, seguidas de inundaciones locales que han afectado barrios, carreteras y hogares.
Nuestro país tampoco ha escapado a otros sobresaltos. La crisis migratoria en Ceuta –con riesgo de extenderse a Melilla– ha vuelto a evidenciar la compleja relación entre España y Marruecos, siempre atravesada por intereses estratégicos y lecturas políticas divergentes. A ello se suman incendios que han arrasado miles de hectáreas y los recientes seísmos que han sacudido Granada y su área metropolitana.
Y, en paralelo a este mundo convulso, irrumpen las experiencias personales: enfermedades inesperadas, pérdidas repentinas, episodios familiares que descolocan cualquier planificación. Vivencias que, como he escrito en estas mismas páginas –especialmente en 'De Padul a Meteora'– se sienten tan extraordinarias como los grandes acontecimientos del mundo, aunque sucedan en la intimidad de lo cotidiano.
Es aquí donde cobra sentido la intuición de Antonio Gómez Cantero en 'La calderilla de la vida', una reflexión que acompaña –sin sustituir– mi propia búsqueda: quizá nuestra dificultad no sea afrontar lo extraordinario, sino aprender a vivir lo cotidiano. En una cultura que idolatra la novedad y confunde intensidad con sentido, lo repetido parece perder valor. Pero la experiencia demuestra lo contrario: la rutina es la que nos sostiene, la que nos da suelo, la que moldea silenciosamente nuestra vida.
Por eso, frente al ruido del mundo, conviene recordar, en expresión de Gómez, que «vivir es asumir la profundidad de lo cotidiano». No se trata de renunciar a lo extraordinario, sino de evitar que nos distraiga de lo esencial. La vida no se mide por los viajes, los logros públicos o los días señalados, sino por la manera en que habitamos nuestras horas comunes: el gesto que vuelve, la palabra que sostiene, la presencia que acompaña y la caricia que consuela.
Y quizá, al final, la vida consista en esto: en aprender a escuchar el murmullo de lo cotidiano como quien afina el oído para reconocer una música antigua. En descubrir que lo extraordinario no siempre está en los grandes acontecimientos, sino en la luz que entra cada mañana por la ventana, en el gesto que se repite sin estridencias, en la presencia que acompaña sin ruido. Tal vez vivir sea aceptar que la existencia avanza en pequeños pasos, en silencios que no buscan aplausos, en esa calderilla humilde que sostiene el mundo. Y que, cuando logramos habitarla sin prisa y sin distracción, lo cotidiano –ese territorio aparentemente menor– se abre como un paisaje sereno donde, por fin, la vida encuentra su hondura y su sentido.
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