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Pepe Pérez-Muelas Alcázar

Pepe Pérez-Muelas Alcázar: 27 días de vacaciones

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El 30 de julio de 2026 Sánchez se despierta en La Moncloa con las maletas hechas, la crema solar en el neceser y las palas ... recién compradas por uno de los cientos de asesores que trabajan para él, que el país no se construye solo. Lee los periódicos por encima. Ningún titular despierta su curiosidad. Pasa de la prensa extranjera. En verano nunca ocurre nada. Toca las vacaciones con la punta de sus dedos. Ya ha anunciado que se marchará 27 días. Ni uno más ni uno menos. Los españoles podrán apañárselas solos. Y sus ministros también. Se acicala y se viste para grabar unas recomendaciones musicales que ni siquiera ha escuchado. Elige vaqueros y camisa verde, un toque informal dentro de tantas preocupaciones y guerras que padece el mundo. Así se dirige un país. Y piensa en el sol atlántico de la Mareta cegándole los ojos. Durante la mañana, empieza a recibir llamadas. Algo ha pasado en Ceuta. «Inmigrantes saltando la valla», dice una nota desde su gabinete. Nada fuera de lo común, piensa. Pero las horas pasan y el flujo de gente no se detiene. La inmigración, piensa, es el gran campo de batalla de la política española. Él es el presidente que mejor ha comprendido a todas esas almas que atraviesan desiertos, salvo si son del Sáhara, claro. Así le gustaría pasar a la posteridad, como una especie de salvador, de político bondadoso que supo estar del lado de los desfavorecidos y enfrentarse a los poderosos, a los Trump y Netanyahu de turno. Se acuerda del Aquarius, de la regulación masiva de inmigrantes, de la ley de nietos. Si todos esos pudieran votar, piensa llevándose las manos a la frente. Cuántos veranos en La Mareta. Los ve representados en fila, uno a uno, con su tumbona y piña colada hasta el anochecer, sin Peinados ni Pedraces de por medio. A él le gustaría vivir en verano, porque es el territorio de la inocencia, y a Sánchez, este que empieza a tensar las mandíbulas por el flujo incesante de personas entrando de forma ilegal en Ceuta, le hace falta mucha inocencia para seguir su subsistencia política. Pero el sol de este 30 de julio ha adoptado una luz plomiza, y los informes que su gabinete le hacen llegar, casi en susurros, hablan de una invasión. Describen una frontera arrasada. Una ciudad sometida a una multitud. ¿Cuántos han cruzado? No lo sabemos, presidente. Le gusta que lo llamen así, presidente, con un silencio hegemónico al final. Y el presidente masculla entre dientes una maldición. Vendrán ahora estos pobres a joderme las vacaciones. Una pregunta subyace entre todas las voces y silencios: ¿qué demonios sabe Marruecos de Pedro Sánchez para tener de rodillas a toda una nación? Aún no saben el número exacto de muertos, al final de la tarde, pero los cuerpos flotan varados en una mar que no es de uno ni de otro, sino de todos. Su gabinete le dice que hable de crisis humanitaria. ¿Quién podrá buscar causas políticas ante esta coartada? La prensa informa de que más de 80.000 personas han entrado en Ceuta. No hay escapatoria, le dicen. Mañana hay que ir. Amanece el 31 en el Falcon, con las maletas preparadas y la crema solar en el neceser. Él es un gran estadista y en un día puede solucionar el mundo. Llega a la ciudad autónoma. Hace calor. Apenas se concede un respiro. Se reúne con las autoridades de la ciudad. Le ponen un micro y recita un discurso que ha memorizado en el avión, con los primeros matices azules del Mediterráneo asomando por la ventanilla. A Sánchez le gusta hablar en clave bélica en los momentos cruciales de la nación. Dice que hemos sufrido «un ataque a la integridad territorial de España». No habla de atacantes. Hay ataque, pero no atacantes. Minucias. Sube al Falcon y cierra la ventanilla. Ya casi puede notar el viento canario en su cara. Sánchez anuncia 27 días de vacaciones. 27 días para él, sin informes ni gabinetes, sin imputaciones, sin pobres gentes saltando la valla. 27 días porque no hay descanso en el descanso, y deja atrás, fuera del fuselaje del Falcon, entre las columnas de Hércules, el escenario del drama: miles de personas deambulando por una ciudad atónita, hospitales colapsados, familias con miedo a salir de casa, comerciantes que cierran sus negocios, hambre y epidemias pastando a sus anchas en las playas, mujeres violadas que no se atreven a ir un centro médico y más de un centenar de cadáveres varados en el purgatorio de las morgues porque Marruecos no quiere responsabilizarse de ellos. Es una catástrofe el escenario de este drama, tan lejos de La Mareta. Y en Ceuta se expande un odio ancestral, de ciudad abandonada por el Gobierno, de fracaso de Estado, con militares incapaces de responder a las agresiones, con policías y guardias civiles superados e inmigrantes al borde de la extenuación. Sánchez ya ha encontrado su Ventorro. 27 días de silencio y el país se ha ido envenenando de indignación. España no puede más. No puede seguir dependiendo de la veleidad de un hombre que no quiere gobernar, sino permanecer, como las manchas en los vestidos blancos. Esta situación extenúa a la sociedad, y una pregunta subyace entre todas las voces y silencios: ¿qué demonios sabe Marruecos de Pedro Sánchez para tener de rodillas a toda una nación?
Pepe Pérez-Muelas Alcázar: 27 días de vacaciones
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