Cada vez estoy más convencido de que los extraterrestres son los padres y las madres. Desde que lo soy (me refiero a lo ser progenitor), he comprobado que soy capaz de protagonizar las marcianadas más épicas para tratar de satisfacer a mi vástago. A veces, se consigue. Otras, desde luego, no, pero al menos, se intenta. Y sin un ápice de vergüenza, que es lo mejor, sobre todo, para alguien como el que escribe y suscribe este pequeño arreón literario, muy dado a guardar la compostura y a comportame con el mayor de los decoros, por aquello del que dirán. Supongo que lo que ahora les relato lo han hecho antes generaciones y generaciones de padres, que ya han padecido en carnes propias este proceso de transformación vital. A mí, me ha costado darme cuenta de esa metamorfosis, que comenzó en el mismo momento en el que vi por primera vez a quien hoy capitaliza mis atenciones. Empiezo a entender aquello de que la llegada de los hijos le cambia a uno la vida. Y no solo por lo evidente, que ya es suficiente. Si no por todo aquello que se reconfigura en la sesera a la hora de entender la vida y la forma de comportarse en ella. Lo que antes servía, ahora no basta. En fin, creo que me estoy poniendo demasiado intenso para estar adaptándome a septiembre...
(0)Comments