El Tesoro de Villena. (ABC)
05/09/2026 a las 18:52h.
El Louvre, la Fundación Magnani Rocca de Parma y, la semana pasada, el Museo del Tesoro de Villena. Los robos recientes han vuelto a situar la protección del patrimonio artístico en el centro de la conversación. Un informe de Europol ha confirmado, además, el aumento de la violencia asociada a estos delitos, cada vez más alejados de la imagen del clásico ladrón de guante blanco. En marzo, en Parma, bastaron tres minutos para sustraer obras de Cézanne, Matisse y Renoir.
Sin embargo, conviene mirar más allá de las salas de exposición. Una pieza puede trasladarse, almacenarse, restaurarse, cambiar de propietario o permanecer temporalmente en otro espacio. Son etapas menos visibles, pero determinantes para preservar su integridad y garantizar que llegue en buenas condiciones a su siguiente destino.
Buena parte de los daños que sufren las obras de arte se producen precisamente durante esos momentos. En 2025, un 'gouache' de Picasso valorado en 600.000 euros desapareció durante su traslado de Madrid a Granada, donde iba a formar parte de una exposición. La pieza viajaba junto a otras obras en un furgón cuyos embalajes no estaban numerados, lo que impidió comprobar de inmediato que faltaba. Semanas después fue recuperada en Madrid: los transportistas la habían dejado por error en el portal de un edificio y una vecina se la llevó al pensar que era un paquete abandonado.
El episodio ilustra una realidad que a veces queda eclipsada por los grandes sistemas de vigilancia. Alarmas, cámaras y cajas fuertes siguen siendo imprescindibles, pero no bastan por sí solas. El control de la temperatura y la humedad, la manipulación especializada, el embalaje técnico y el registro de cada movimiento forman parte de una misma cadena de protección.
El verdadero reto no consiste únicamente en impedir una sustracción, sino en garantizar que cada desplazamiento quede documentado y que todas las personas implicadas sepan qué tienen entre manos. La tecnología ayuda a controlar un recorrido, pero no sustituye el criterio profesional de quien embala una pieza, firma su entrega o decide cómo debe trasladarse.
Esta responsabilidad no recae solo en los museos. También alcanza a coleccionistas, propietarios, transportistas, aseguradoras y profesionales de la conservación. Todos forman parte de un mismo sistema y cualquier fallo puede comprometer el resultado final.
La cuestión adquiere una dimensión especial en las colecciones privadas. Quienes adquieren o heredan una obra asumen también la responsabilidad de conservarla y protegerla durante todo su recorrido. Llevarla de una vivienda a otra no debería resolverse como una mudanza ordinaria: requiere planificación, un embalaje adecuado, medidas de seguridad y, cuando sea necesario, expertos especializados.
El caso del cuadro de Sorolla desaparecido en Sevilla resulta revelador. La pequeña pintura se perdió después de que sus propietarios la dejaran en la acera mientras cargaban el coche. Valorada entre 30.000 y 60.000 euros y con un importante significado sentimental, permaneció sin vigilancia durante unos minutos. El episodio demuestra que una pieza de arte no puede transportarse como cualquier otro objeto.
Por eso, los depósitos privados de alta seguridad pueden desempeñar un papel complementario, al ofrecer espacios especializados para custodiar obras y colecciones bajo condiciones ambientales controladas y con seguimiento de su trazabilidad.
Los robos recientes exigen reforzar la seguridad de los museos, pero también prestar atención a todo lo que ocurre cuando una obra abandona la sala y queda fuera del foco. Porque una pieza no deja de ser patrimonio cuando deja de estar expuesta. Su protección tampoco debería hacerlo.
Brian Lavio
es presidente de Centro de Valores
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