Un mes es insuficiente para evaluar un Gobierno, pero sí permite reconocer su temperamento. Abelardo de la Espriella llegó a la Presidencia de Colombia el pasado 7 de agosto, con la promesa de imprimir un cambio de rumbo después de un periodo político marcado por la confrontación, la polarización y una fuerte discusión sobre el papel del Estado. Más que resultados, se vislumbra contundencia en el ejercicio del poder y, en algunos episodios, difícil de separar de la improvisación.
La velocidad ha sido una de sus principales señales. La posesión presidencial en Cali, en lugar de Bogotá; la propuesta de convertir a Barranquilla en sede alterna del Gobierno; los zigzags de la agenda regional y decisiones adoptadas con rapidez transmiten la voluntad de mostrar que el poder no debe estar encerrado en los escritorios.
La intención de acercar el Gobierno a la provincia puede ser saludable en un país centralista. Pero aparece una primera tensión: Descentralizar no consiste en trasladarse de una ciudad a otra. Requiere competencias, recursos, instituciones y continuidad. Sin esa arquitectura, la idea corre el riesgo de convertirse en escenografía nada más.
La segunda tensión es velocidad. Decidir rápido puede ser una virtud cuando la burocracia se convierte en excusa para no actuar. El problema comienza cuando la rapidez sustituye la deliberación, los controles y la construcción de consensos. El poder puede gobernar a toda velocidad; el Estado no puede construirse a toda velocidad.
Hace más de un siglo, Max Weber advertía que la política no podía reducirse a la conquista del poder. Para el sociólogo alemán, el dirigente político necesitaba pasión, sentido de responsabilidad y capacidad de juicio. El poder, no es un escenario para representar autoridad, sino una carga por cuyas consecuencias responde quien lo ejerce. Esa diferencia conserva vigencia: un presidente puede ser protagonista del poder sin convertirse en espectáculo. El desafío consiste en ejercerlo como estadista.
También hay una tensión entre firmeza y Estado de derecho. La ofensiva contra los grupos armados responde a una responsabilidad esencial y a una demanda de seguridad recurrente. Pero la manera de comunicar los resultados importa. La exhibición política de los muertos como prueba de eficacia puede producir una imagen de contundencia, pero también abre preguntas sobre los límites entre autoridad, propaganda y respeto por las instituciones.
Más delicada aún es la tensión entre control de la narrativa y libertad de prensa. El nuevo Gobierno ha buscado ordenar y centralizar su comunicación, mientras algunas decisiones afectan espacios informativos creados después del Acuerdo de Paz de 2016, entre ellos las llamadas Emisoras de Paz. Para una democracia, la pregunta resulta inevitable: ¿puede un Gobierno fuerte tolerar una prensa igualmente fuerte?
La velocidad también se pone a prueba en los nombramientos. La promesa de renovación y eficacia necesita equipos capaces de distinguir entre confianza política, experiencia y mérito. Gobernar con personas cercanas puede facilitar la coordinación; gobernar solamente con los cercanos puede terminar confundiendo lealtad con capacidad.
Y ahí aparece la tensión decisiva: decisión frente a visión de Estado. Un estadista no se mide solamente por cuánto decide, sino por las instituciones que deja funcionando. El verdadero poder no consiste en imponer una voluntad durante cuatro años, sino en conseguir que las transformaciones sobrevivan al gobernante que las impulsó.
Por eso todavía es demasiado pronto para dictar sentencia sobre De la Espriella. Sus antecesores son un precedente. Un mes no permite evaluar una administración. Pero sí observar su método y reconocer su temperamento. El que comienza a verse es el de un presidente que sabe qué quiere hacer. La pregunta importante es si sabrá convertir esa voluntad en instituciones duraderas, políticas de Estado y acuerdos democráticos.
El riesgo de gobernar a toda velocidad no es solo equivocarse de camino, sino dejar de mirar aquello que queda fuera del campo de visión. Ese podría ser, por ahora, el punto ciego del mandatario colombiano.
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