Me sorprendió cual fantasma, sin anunciarse y alterando el rumbo de una tarde cualquiera. Caminaba, como acostumbro, cuando el sol comienza a despedirse del día.
Entonces lo vi muy cerca de mí. Era un hombre de unos 90 años. Se apoyaba en un bastón color caoba que parecía haber envejecido junto a él.
Eran muy evidentes sus ganas de conversar con alguien:
—¿Usted sabe jugar dominó?
Le respondí que sí, pero que no era un experto en ese juego de mesa. Reímos casi a la vez, como si aquella coincidencia hubiera derribado de inmediato la distancia entre dos desconocidos.
Me contó que no era dominicano. Había llegado al país después de la muerte de su esposa. Sus hijos, preocupados por las malas jugadas de la soledad no provocada, decidieron traerlo para que estuviera acompañado.
De inmediato comprendí mucho más de lo que había escuchado.
—Aquí no tengo con quién entretenerme. La gente vive encerrada en sus casas. No encuentra uno con quién hablar.
Mi caminata quedó suspendida. Y agradecí que así fuera. Durante unos quince minutos compartimos historias. Él abrió el baúl de una vida extensa; yo, el cuaderno todavía inconcluso de la mía.
Hablamos de viajes, pérdidas, costumbres y de esos pequeños detalles que terminan siendo la verdadera sustancia de la existencia.
Mientras lo escuchaba, pensé en la recta final de la vida. En cómo décadas enteras pueden condensarse en unos pocos relatos.
Pensé también en la soledad que suele acompañar a quienes ya avanzaron su camino, sobre todo en un mundo obsesionado con el presente inmediato, donde las conversaciones se vuelven escasas y el tiempo parece un lujo.
Nos despedimos. Ya no era el mismo paseo. A veces, el mayor acto de compañía consiste simplemente en detenerse y conceder unos minutos a quien solo necesita ser escuchado.
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