UN

unknown

Sudán: morir fuera del encuadre

Image
Hay guerras que ocupan las portadas durante meses y otras que parecen condenadas a desaparecer del mapa informativo. Sudán pertenece a esta segunda categoría. No porque el conflicto sea menos violento, sino porque sus víctimas han quedado fuera del encuadre de la cobertura mediática internacional. Millones de personas sobreviven entre bombardeos, hambre y desplazamientos forzados, pero el conflicto aparece solamente de manera ocasional, como si se tratara de una tragedia lejana y casi imposible de comprender. La guerra comenzó el 15 de abril de 2023, cuando se rompió la alianza entre las Fuerzas Armadas Sudanesas, dirigidas por Abdel Fattah al-Burhan, y las Fuerzas de Apoyo Rápido, comandadas por Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemedti. Ambos participaron en el golpe de Estado de 2021 y compartían la responsabilidad por el fracaso de la transición democrática. Pero terminaron enfrentados por el control del Estado, los recursos económicos y la integración de las fuerzas paramilitares en el ejército regular. No estamos, por lo tanto, ante una simple disputa entre dos generales. La guerra también está relacionada con el control del oro, las rutas comerciales, las fronteras y el acceso estratégico al Mar Rojo. Además, se suma la participación indirecta de actores extranjeros que proporcionan armas, financiamiento o apoyo político a los bandos enfrentados. Sudán se ha convertido así en otro escenario donde intereses internos y externos prolongan una guerra que paga principalmente la población civil. Aunque las Fuerzas Armadas recuperaron Jartum, el conflicto no terminó: solamente cambió de territorio. Las Fuerzas de Apoyo Rápido mantienen el control de buena parte de Darfur y los combates se han desplazado hacia Kordofán y otras zonas estratégicas. La ofensiva contra El Obeid, una ciudad fundamental para conectar el centro del país con Darfur, confirma que Sudán continúa siendo uno de los conflictos armados más activos y peligrosos del mundo. Las cifras deberían bastar para colocarlo diariamente en las noticias. Al terminar 2025, aproximadamente 12.9 millones de sudaneses permanecían desplazados dentro o fuera del país. Cerca de 19.5 millones de personas enfrentaban hambre aguda y alrededor de 825 mil niños menores de cinco años podrían sufrir desnutrición grave durante 2026. Más de 200 ataques contra hospitales, ambulancias y trabajadores sanitarios han dejado miles de víctimas. En varias regiones, recibir atención médica, encontrar agua potable o conseguir una porción de comida se ha convertido en una lucha cotidiana. Darfur merece una atención especial. Ya en 2003 esta región había sufrido una campaña de violencia masiva. Dos décadas después, vuelve a enfrentar asesinatos, persecuciones étnicas, saqueos y desplazamientos. Organismos internacionales han documentado ejecuciones, violencia sexual y ataques deliberados contra civiles. El uso sistemático de la violencia contra las mujeres demuestra que sus cuerpos también han sido convertidos en territorios de guerra. Pero detrás de cada cifra existe una vida concreta: una familia que abandona su casa con lo poco que puede cargar, una madre que debe decidir cuál de sus hijos comerá primero, un niño que deja de asistir a la escuela o un médico obligado a atender pacientes sin electricidad, agua ni medicamentos. El problema es que esas historias casi nunca llegan hasta nosotros. ¿Por qué se habla tan poco de Sudán? Una parte de la explicación está en las enormes dificultades de acceso, los cortes de internet, los bloqueos de comunicaciones y la persecución de periodistas locales. Muchos reporteros han tenido que abandonar sus ciudades, trabajar desde el exilio o arriesgar la vida para documentar lo que ocurre. Sin periodistas sobre el terreno, la guerra pierde imágenes, testimonios y continuidad informativa. Sin embargo, también existe una jerarquía internacional de la información. Los medios suelen privilegiar los conflictos que involucran directamente a las grandes potencias, que producen imágenes constantes o que pueden explicarse mediante relatos sencillos. Sudán resulta complejo, distante y aparentemente poco rentable para el acelerado ciclo de noticias y redes sociales. Además, persiste una mirada poscolonial que concede diferente valor político y mediático a las víctimas según su nacionalidad, ubicación o cercanía con los centros de poder. Esta invisibilidad no es inofensiva. Cuando una guerra desaparece de las pantallas, disminuye la presión diplomática, se reduce el financiamiento humanitario y aumenta la libertad de los grupos armados para actuar con impunidad. Al finalizar 2025, el plan internacional de respuesta para Sudán apenas había recibido alrededor del 40 por ciento de los recursos necesarios. La falta de cobertura no solamente refleja el abandono: también contribuye a producirlo. El silencio informativo nunca es neutral. También constituye una forma de poder, porque determina qué sufrimiento se convierte en prioridad y qué tragedias pueden continuar sin testigos. Sudán no necesita una mirada pasajera ni nuestra lástima momentánea. Necesita atención sostenida, ayuda humanitaria, presión internacional y responsabilidades concretas. ¿Cuántas personas tienen que morir para que Sudán vuelva a ser noticia? ¿Quién decide qué vidas merecen ocupar una portada? POR TALYA ISCAN Catedrática Universitaria: FCPyS, UNAM; UIA, UA, UP @TALYAISCAN MAAZ
Sudán: morir fuera del encuadre
View on original source
Share
Archive
Like

(0)Comments

 

Related Opinion

A note on cookies

Newshunt uses essential cookies to keep you signed in and to remember your language and country, so the site works the way you expect. With your permission, we'd also like to use analytics cookies to understand how people use Newshunt and improve it over time.

Accepting only affects analytics. To learn more, view our Privacy Policy or Terms & Conditions.