Hubo un tiempo, no tan remoto, en el que los niños salíamos a la calle con un bolsillo lleno de canicas, un trompo que siempre ... acababa en el suelo, chapas que corrían más que nosotros, el elástico, la comba y cualquier invento que nos permitiera competir sin rompernos demasiados huesos. No había tutoriales, ni monitores, ni cuotas mensuales. Solo la calle, la pandilla y una creatividad que hoy llamaríamos 'low cost'. Por eso, cuando uno ve a los adolescentes de ahora farmeando aura en los parques, la primera reacción adulta suele ser un suspiro crítico: «Ya están con otra tontería de internet». Pero si miramos dos segundos más, quizá la tontería sea nuestra.
¿Qué demonios es «farmear aura»? El término mezcla dos mundos que los jóvenes manejan con soltura. Farmear viene del inglés to farm, usado en videojuegos para repetir acciones y acumular puntos o recursos. Aura es el carisma, la presencia, el magnetismo que alguien proyecta en redes sociales. Juntos, farmear aura significa hacer gestos, poses o movimientos que suman puntos imaginarios de carisma ante un público. No hay marcador oficial, pero internet asigna cifras humorísticas: más 1.000 de aura, menos 5.000 de aura.
La tendencia nació en TikTok en 2024 y saltó a la calle. Dos jóvenes se colocan frente a frente, rodeados por un círculo de amigos, y compiten por ver quién proyecta más presencia, estilo y seguridad. Farmear aura no cuesta dinero. No hay que comprar equipaciones, alquilar pistas, ni inscribirse en academias. No hay mensualidades, ni licencias, ni material técnico. Hasta donde sabemos, no existe ninguna escuela oficial de aura farming ni un curso premium para aprender a mover los brazos con más carisma. Si algún gurú intenta cobrar por esto, será la señal definitiva del apocalipsis generacional.
Lo más sorprendente es que esta moda, nacida en pantallas, saca a los jóvenes de sus habitaciones. Los obliga a interactuar cara a cara, a exponerse, a competir sin filtros, sin avatares, sin ediciones. En un mundo donde todo parece empujarles hacia la soledad digital, esta tendencia los reúne en parques y plazas. Sólo eso, para una generación adulta que lleva años lamentando que los chavales ya no salen, debería ser motivo de celebración.
Quizá lo más divertido sea imaginar cómo sería el mundo si los adultos, especialmente los que más mandan, adoptaran esta forma de resolver conflictos. En vez de insultarse en ruedas de prensa, bloquear parlamentos o iniciar guerras que matan personas reales y empobrecen familias de verdad, podríamos ver batallas de aura entre líderes globales. Trump vs. Xi Jinping, en un parque de Washington, rodeados de adolescentes que gritan «¡ Más 500 de aura para el que no parpadee!». Sánchez vs. Feijóo, compitiendo por quién sostiene mejor la mirada sin perder compostura. Messi vs. Cristiano, pero sin balón, solo poses, gestos y magnetismo puro. Amancio Ortega vs. Elon Musk, duelo de carisma transcontinental. Shakira vs. Taylor Swift, batalla de aura con coreografía incluida. Imagínese usted la ONU convertida en un gigantesco círculo de espectadores, votando con el móvil quién ha ganado la ronda. Sería ridículo, sí. Pero infinitamente menos dañino que lo que tenemos ahora.
Cada generación inventa sus juegos. Nosotros teníamos canicas y trompos; ellos tienen TikTok y aura. Pero en el fondo, la lógica es la misma: salir, competir, reírse, pertenecer a un grupo. Y si esta moda consigue que los jóvenes vuelvan a ocupar la calle, quizá no deberíamos mirarla con condescendencia, sino con cierta envidia. Porque, seamos sinceros: ¿quién no querría sumar un par de puntos de aura de vez en cuando?
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