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Julio Padilla Carballada

¡Váyanse al carajo!

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Con esas palabras, impropias e inaceptables en el debate parlamentario, concluyó su intervención la diputada de Podemos Sra. Belarra, en el que se celebró esta semana en el Congreso de los Diputados para abordar la emergencia causada por la entrada masiva, desbordando la frontera, de entre setenta y ochenta mil personas en la ciudad española de Ceuta. El vicepresidente que dirigía la sesión, ni siquiera le llamó la atención por ello, se limitó a ordenar que dichas palabras se eliminaran del Diario de sesiones, o sea, no cumplió con lo que entiendo es en mi opinión la obligación de quien dirige un acto parlamentario, de moderar las intervenciones que en el curso del mismo tienen lugar. Moderar, esto es, entre otras cosas templar o calmar y, desde luego, evitar palabras o expresiones inaceptables dirigidas a los que en él participan. Lo digo con la experiencia de haber dirigido varios cientos de debates en el ejercicio de las funciones de presidente de las Comisiones legislativas de Justicia e Interior en la VI Legislatura y de Política Social y Empleo en la VII. Considero que debió llamar la atención a la Sra. Belarra e invitarla a retirar el exabrupto, y de no hacerlo, actuar en consecuencia y también, disponer se eliminara del diario de sesiones en todo caso. Es lamentable, es el ínfimo nivel al que ha conducido que no se ejerza debidamente la dirección de los debates. La inviolabilidad de los diputados en la tribuna no ampara el derecho a menospreciar y ofender. Previamente, tan 'lucida' parlamentaria argumentó con la brocha gorda a la que tan frecuentemente recurren algunos, comparando las entradas de millones de turistas, que tanto molestan e incomodan a su juicio, con lo que ella considera, según dijo, la venida de unos cuantos miles de personas, buscando una vida mejor para sus familias, que, refiriéndose al hecho en cuestión, ahora sí, nos tenemos que creer, que eso es una invasión, concluyendo: 'pues miren, váyanse al carajo. No merece la pena analizar su argumento que por llamarlo de alguna manera fue una simpleza y una tontería, tanto, que nada tenía que ver con el fondo del debate que tenía como objeto la comparecencia urgente del Presidente del Gobierno ante el Pleno de la Cámara, solicitada por la Sra. Muñoz de la Iglesia y otros 130 Diputados, para informar sobre la gravísima situación que atraviesa la Ciudad Autónoma de Ceuta como consecuencia del incremento de las entradas ilegales de inmigrantes por vía marítima a través de Marruecos a raíz de la imposibilidad de aplicar los rechazos en frontera en ese ámbito; sobre las medidas que piensa adoptar para garantizar la integridad de las fronteras españolas y de la Unión Europea y el ejercicio efectivo de la soberanía nacional; así como para dar explicaciones sobre la política de cooperación del Gobierno con el Reino de Marruecos en materia de control migratorio, el grado de colaboración existente en la contención de los flujos migratorios irregulares y las actuaciones que se están llevando a cabo para evitar que Ceuta y Melilla continúen soportando una presión migratoria creciente que compromete gravemente la capacidad de respuesta de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y supone un riesgo para la estabilidad, la seguridad y el normal funcionamiento de ambas ciudades. La intervención de la representante podemita, que debería tener presente que como diputada a Cortes, aunque no le agrade, representa al pueblo español en su conjunto, revela que no asume plenamente su función ni lo que por ello le proporciona el derecho a hacer uso de la palabra en la tribuna del Congreso. Así los debates no sirven para nada. Por cierto, que ella interviniendo en nombre de cuatro diputados del Grupo Mixto dispusiera de nueve minutos para intervenir y el portavoz del Grupo mayor, el Popular, que lo hacía en el de ciento treinta y siete parlamentarios, de diez y siete, pone de relieve una de las cosas más sorprendentes del funcionamiento del Congreso. Lo he dicho siempre. Bueno hubiera sido que en la reciente modificación del Reglamento que ha establecido que puedan formar grupo unos cuantos pocos diputados, menos aún de los exigidos para ello hasta ahora, se hubiera abordado esta cuestión. No es bueno que se pueda hablar sin tasa, no es conveniente que se admita el filibusterismo, que en algunos parlamentos es posible, que se utiliza para bloquear la aprobación de leyes, pero lo que tenemos, que el compareciente intervenga durante más de hora y media y quien representa la alternativa y habla en nombre de más diputados que ninguno de los restantes oradores vea limitado su tiempo a diez y siete minutos, cuento los que hablo el líder de la oposición, viene a la postre a suponer un monologo con posibilidad de que sea comentado por los oradores. Es lo que hay, confiemos en que algún día se modifique, aunque, entre tanto, aunque alguno hubiera querido e intentara, como sucedió, como acontece una y otra vez, tenga que limitarse a enunciar algunas reflexiones. En esas condiciones no puede articularse la contradicción. El número de diputados en nombre de los que se interviene debe tenerse en cuenta, quien habla por diputados que suman treinta y cuatro veces el número de quien habla en nombre de cuatro tiene que reflejarse en los tiempos de intervención. Lo contrario es como si más de tres decenas de ellos sean silenciados. Salvo que en este tiempo de aplausos, solo tengan derecho a aplaudir o a mostrar su disconformidad. Eso sí, en cualquier caso, con un moderador que impida que nadie le mande al carajo. No figura en el diario de sesiones, pero la lenguaraz envió a tal sitio a los que discrepaban de sus simplezas. Hay que aspirar a algo mejor. El debate, en resumen, que no fue clarificador, sin duda, estuvo influenciado por eso.
¡Váyanse al carajo!
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