El 6 de noviembre de 1975, cientos de miles de marroquíes se adentraron en el Sáhara Occidental. El momento escogido no fue producto de la casualidad. España atravesaba una situación delicada: el caudillo Francisco Franco –que había gobernado el país con mano férrea durante las últimas cuatro décadas– se encontraba gravemente enfermo. Con todo, pudo presidir el consejo de ministros celebrado el 17 de octubre, el cual estuvo marcado por una gran tensión dado que el día anterior el rey de Marruecos, Hassan II, había convocado a 350.000 civiles para participar en una marcha hacia lo que entonces se denominaba el Sáhara español.
Esta movilización –conocida como la Marcha Verde en referencia al color tradicionalmente asociado al islam– fue orquestada por el reino alauí tras conocerse la opinión consultiva emitida por la Corte Internacional de Justicia. En dicho dictamen, el tribunal declaró que no existían 'vínculos jurídicos de soberanía territorial' entre Marruecos y el Sáhara Occidental, aunque sí reconoció determinados lazos entre el sultán y algunas tribus del territorio. En cualquier caso, el posicionamiento de la Corte supuso, en lo esencial, una falta de respaldo a las pretensiones principales de Rabat.
Ante este panorama, el país magrebí –lejos de amedrentarse– optó por seguir una vía alternativa. Consecuentemente, a las bravas y careciendo de asideros jurídicos sólidos, decidió movilizar a una parte de la población civil –que caminó pertrechada con fotografías del monarca y ejemplares del Corán– para reivindicar la soberanía de una región que, a ojos de Marruecos, le pertenecía por razones históricas. España –atrapada en su propio colapso interno– se mostró dispuesta a negociar. Ello provocó que la marcha se desactivara casi de inmediato.
Con el tiempo, hilos invisibles emergieron a la luz, revelando la postura de Washington que, observando la determinación del monarca marroquí, optó por respaldar su estrategia para evitar que se resintiera su relación con Rabat. Además, el mundo seguía dividido por la Guerra Fría. Era, por consiguiente, preferible que el Sáhara quedara bajo el control de Marruecos, un Estado satélite de Washington, y no de Argelia, un país situado bajo la órbita de la Unión Soviética.
Funcionarios marroquíes observan un discurso de Mohammed VI en Rabat con motivo del 49 aniversario de la Marcha Verde.
EFE/EPA/JALAL MORCHIDI
La relación con la actual crisis de Ceuta
Como cabe suponer, este suceso histórico proporciona valiosos elementos de juicio para comprender lo que está ocurriendo entre bambalinas en la actual crisis de Ceuta. Es un hecho constatado que, a finales de julio, se adentraron unos 70.000 sujetos a través del paso fronterizo de El Tarajal. Este fenómeno invita a trazar una relación con el pasado a pesar de las diferencias iniciales que –con el transcurso de los días– han terminado por diluirse. Y es que mientras que la movilización masiva de los años setenta presentaba una reivindicación de naturaleza territorial, la acontecida durante este convulso estío parecía estar integrada –al menos bajo una primera lectura– por personas cuyo único propósito era emigrar en busca de un futuro mejor. No obstante, ante datos recientemente aflorados, aumentan los indicios de que este flujo humano trasciende la mera motivación humanitaria. Si este extremo se confirmara, cabría trazar un puente analítico difícilmente cuestionable entre el pasado y el presente al constatar que los movimientos de la población civil siguen siendo utilizados por Marruecos como herramientas de coacción en el tablero internacional.
Y partiendo de esta premisa, cabe extraer otra importante hebra: Rabat utiliza la frontera como un espacio recurrente de confrontación. En 1975, el monarca marroquí alentó una marcha que acabaría convirtiendo los límites fronterizos en el escenario físico de una estrategia de presión que terminó influyendo en el futuro del Sáhara Occidental. Los acontecimientos recientes en Ceuta parecen apuntar a esta misma lógica. Al principio, se creyó que Rabat había desempeñado un papel pasivo, limitándose a reducir la vigilancia en los puestos fronterizos. Sin embargo, esta versión de los hechos ha comenzado a tambalearse tras conocerse que habrían sido gendarmes del país vecino quienes habrían instigado y 'guiado' el movimiento masivo de personas hacia la ciudad autónoma.
Este giro de los acontecimientos está imponiendo una nueva narrativa en la explicación de unos hechos que, con los días, adquieren un cariz cada vez más controvertido. Así pues, la conclusión fundamental apunta a que un Estado habría instrumentalizado un movimiento poblacional de gran calibre contra otro. Pero eso no es todo. Este inédito escenario resulta, si cabe, aún más hilarante cuando se examina la postura sostenida por el Ejecutivo español que, rasgándose las vestiduras, ha sostenido –hasta llegar al paroxismo más absurdo– que Marruecos no ha desempeñado rol alguno. Ahora, acorralado por nuevas evidencias, no descarta tal posibilidad.
Más allá de los vaivenes argumentales de la Moncloa, hilvanar este nexo entre el pasado y la actualidad no parece –a estas alturas– una tarea descabellada. El modus operandi de Rabat ante cualquier desavenencia con Madrid demuestra que el estado de las relaciones hispano-marroquíes se mide a través de la sombra proyectada sobre su frontera compartida. Así, los muros, las alambradas y la fluctuación en su vigilancia se erigen como el marco físico de esa penumbra; un auténtico termómetro bilateral capaz de reflejar, casi en tiempo real, el grado de tensión existente.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
EFE
Apelación a los derechos históricos
Esta tensión física en la frontera se complementa, en el plano retórico, con otros elementos relevantes que permiten establecer paralelismos entre el pasado y el presente. Se observa, fundamentalmente, en la apelación a los derechos históricos para respaldar reivindicaciones territoriales por parte de Marruecos, una estrategia que ya pudo constatarse en el Sáhara Occidental y que demuestra que esta última crisis no es ni mucho menos la excepción. En este sentido, cobran interés las declaraciones de los ministros marroquíes de Justicia y Asuntos Exteriores; el primero ha calificado los enclaves como 'ciudades ocupadas' y el segundo afirma que deben ser 'liberadas'. Estos argumentos parecen repetirse incesantemente como una lenta melodía cuyos compases nos retrotraen al momento en que un Marruecos recién independizado insistió –sin éxito– en que la ONU incluyera a Ceuta y Melilla en su agenda de descolonización.
Y, por si lo anterior fuera poco, resuenan de fondo notas un tanto inquietantes que repiten el patrón del siglo pasado: el respaldo que Rabat recibe de Washington. Así se trasluce en un informe del Congreso estadounidense que muestra una abierta 'simpatía' hacia las pretensiones alauíes; un documento que, además, evita calificar el enclave como territorio bajo soberanía española y prefiere calificarlo –en un detalle de indudable calado jurídico– como un territorio meramente 'administrado por España'. Al margen de las razones que expliquen esta sintonía en relación con ambos enclaves, la alianza entre Washington y Rabat atraviesa un momento idílico. Una prueba irrefutable de todo ello es, por ejemplo, el nombre otorgado a la gran carretera de mil millones de dólares que transcurre junto al Sáhara Occidental: Donald Trump. Sin duda, esta música de baile ya ha sido escuchada en épocas pretéritas. La partitura, desde luego, no es idéntica, pero algunos compases resultan demasiado familiares como para no prestarles atención.
Al fin y al cabo, en 1975, mientras las notas comenzaban a sonar, Henry Kissinger –clave en la sombra de aquel conflicto– pronto supo con qué maestría Hassan II había compuesto aquella melodía. Hoy, en vista de la polémica interna suscitada en España, el quid de la cuestión no parece descansar en pedir explicaciones al Estado causante de los hechos, sino en aclarar el alarmante embrollo interno. Mohamed VI parece, al igual que sus antepasados, haber escogido el repertorio perfecto.
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