El candidato de extrema derecha de Alternativa por Alemania en el estado de Sajonia-Anhalt, Ulrich Siegmund, abraza a la líder del partido, Alice Weidel, tras conocerse este domingo los primeros sondeos que le dan la victoria.
Todo lo que era sólido se desvanece y muchas de las herramientas que durante tiempo sirvieron para parar los pies a la extrema derecha se han revelado inútiles o peor, contraproducentes. La victoria aplastante este domingo de Alternativa para Alemania en el pequeño estado germano-oriental de Sajonia-Anhalt obligará al campo democrático a revisar las estrategias de estos años y a replantear algunas verdades que hasta ahora se consideraban universalmente reconocidas.
No ha servido, por ejemplo, copiar los programas de la extrema derecha, como han hecho muchos conservadores europeos: los votantes suelen preferir el original a la copia. Pero todavía está por demostrar que ignorar los miedos, reales o imaginarios, de una parte de la población los haya desactivado. Tampoco los cordones sanitarios —la unión del resto de partidos y sus votantes contra la extrema derecha— han impedido el ascenso de AfD, que ya lidera desde hace meses los sondeos en toda Alemania, o el de Marine Le Pen en Francia, favorita para ganar las elecciones presidenciales en la próxima primavera.
Es verdad que el aislamiento de los extremistas ha sido útil para mantenerlos alejados del poder. A la espera de que se complete el recuento y de las negociaciones posteriores, es posible todavía que en Sajonia-Anhalt el resto de formaciones parlamentarias sumen una mayoría que impida al vencedor en votos gobernar. Y es verdad, también, que este método marca con claridad las líneas rojas: no es moral ni políticamente aceptable pactar ni ayudar a gobernar a partidos que cuestionan los principios básicos de las democracias construidas después de la II Guerra Mundial.
Pero salta a la vista que todo esto ha acabado resultando ineficaz: elección tras elección partidos como el de Alice Weidel o el de Le Pen atraen a cada vez más votantes. Y han sabido capitalizar el todos contra nosotros para realzar el mensaje populista de las élites contra el pueblo y convertir en una fuerza lo que podía ser una debilidad.
'El cordón sanitario no ha debilitado a AfD, sino que AfD se ha vuelto más fuerte', me decía hace unos meses el historiador democristiano Andreas Röder, y se preguntaba: '¿Qué porcentaje del electorado podemos excluir de la representación democrática sin que haya un problema funcional para la democracia?'.
El problema del cordón sanitario es que deja de serlo el día que el partido al que se pretende aislar llega tan alto que puede saltarse el cordón: cuando alcanza la mayoría absoluta, ya no hay coalición que valga para derrotarlos. Ese día podría ser hoy en Alemania y mañana en Francia.
El ejemplo alemán esconde otra lección amarga. Posiblemente no exista otro país en el mundo que haya estudiado con tal empeño y profundidad su pasado criminal como Alemania, ni ninguno que haya dedicado tantos esfuerzos y tan serios —en las escuelas, en la política, en la sociedad civil— a entender los orígenes del nazismo y sus consecuencias. Era un deber para el país que renació de las ruinas en 1945 después de haber perpetrado el Holocausto y destruido Europa, y se basaba en una creencia: no hay mejor vacuna contra la repetición de los errores del pasado que su estudio y expiación.
No es que se esté repitiendo ahora el pasado: Berlín no es Weimar, 2026 no es 1933. Y AfD no es un partido nazi, aunque algunos de sus dirigentes y votantes conectan directamente con la tradición más destructiva del nacionalismo alemán. Y su programa contiene propuestas discriminatorias que quebrarían algunos pilares del nunca más sobre el que se construyó la moderna República Federal.
Pero todo aquello sucedió hace 80 años, cada vez quedan menos supervivientes y contemporáneos, y lo que definía la identidad de este país empieza a perderse en el pasado remoto. Tal vez porque incluso en la modélica Alemania —cuántas veces se ha envidiado en otros países por la valentía de los alemanes y el consenso en este país para encarar el pasado dictatorial— poco a poco la memoria se ha petrificado: ya es para muchos un monumento y una conmemoración oficial. La realidad es que las alertas sobre el peligro de AfD o de Le Pen —¡que vuelve el fascismo!— no han funcionado para unos votantes movidos por otra épica y otra rabia, más de 2026 que de 1933.
'De un lado, remitirse una y otra vez a las lecciones de la historia no ayuda si las personas no pueden entender las decisiones políticas y piensan que el Gobierno no se preocupa de sus inquietudes. En las elecciones los ciudadanos deciden sobre la base de problemas actuales', explica en un mensaje durante esta noche electoral el historiador socialdemócrata Bernd Rother. 'De otro lado, que la posibilidad de un Gobierno de AfD en un pequeño estado federado provoque tal escándalo, también a escala internacional, muestra el gran impacto que ha tenido la reflexión alemana sobre su historia. Pero los historiadores no pueden inmunizar a los votantes contra la elección de antidemócratas. Esto solo pueden hacerlo los políticos (democráticos). La tarea de analizar y confrontar la historia –la política alemana de memoria histórica– no sustituye a la política.'
No se trata de olvidar las lecciones del pasado ni de borrar las líneas rojas contra quienes presentan propuestas que atentan contra la dignidad humana o los derechos humanos. La cuestión es otra: constatar que estos métodos, todo lo que parecía incuestionable, ya no bastan en una Europa que se transformará irremediablemente el día que gobiernen AfD o Marine Le Pen.
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