Supongo que no me equivoco si digo que, de una forma u otra, todos nos hemos topado en alguna ocasión con el término geopolítica, como ... ilustrativo de las relaciones entre el espacio y algunas de las decisiones tomadas por los gobiernos. Más improbable es, sin embargo, que nos hayamos tropezado con, o hayamos empleado en nuestras conversaciones, el término geoeconomía, pese a que, en la actualidad, tiene una vigencia extraordinaria. Aunque las relaciones comerciales y financieras a escala internacional se han utilizado siempre como instrumentos para conseguir objetivos geopolíticos, sin tener que recurrir exclusiva o necesariamente a la fuerza, lo cierto es que en los tiempos que nos tocan vivir se están utilizando, para bien o para mal, con mucha mayor profusión.
Para empezar, y puesto que el vocablo no es muy conocido, empecemos por señalar que una buena definición de geoeconomía es la que entiende que la misma como el uso estratégico de los recursos y las herramientas económicas por parte de los Estados o actores globales para alcanzar objetivos políticos y de poder en el terreno internacional. Y, siendo evidente que hay múltiples ejemplos de ello, no cabe ninguna duda de que una buena parte de las actuaciones de la Administración Trump, en particular todas las que tienen que ver con la imposición de aranceles, sanciones económicas, control de infraestructuras críticas y de materias primas, se ajustan como anillo al dedo a lo que se entiende por geoeconomía.
En este orden de cosas, y siendo cierto que las materias primas siempre han jugado un papel muy primordial en todo lo relacionado con la geoconomía, la impresión es que, en la actualidad, están adquiriendo más relevancia que nunca. Como se pone de manifiesto en un reciente número de la revista Finanzas y Desarrollo, del FMI, algunas materias primas, y no sólo el petróleo o el gas, se están convirtiendo en instrumentos fundamentales en la lucha por controlar el tablero económico y geopolítico mundial.
Las 'commodities', que es el término habitualmente utilizado para referirse a las materias primas comercializadas en mercados internacionales con características relativamente homogéneas, desempeñan un papel central en esta dinámica. Como se nos recuerda en uno de los artículos de la revista antes mencionada, «en su nivel más básico, las materias primas son recursos que se extraen de la tierra, como el petróleo, el cobre, el hierro o el oro (materias primas extractivas), o se obtienen de ella, como el trigo, el café, el algodón o el cacao (materias primas agrícolas)». Recientemente, muchas de las primeras, como el litio, el cobalto, el níquel, el cobre, las tierras raras o el grafito, han ido ganando enteros porque son indispensables para fabricar muchos de los productos (baterías, vehículos eléctricos, aerogeneradores, paneles solares, semiconductores, equipos electrónicos avanzados, etc.) que se están tornando imprescindibles en nuestra vida diaria y que, por mor de la transición hacia una economía más digital y más descarbonizada, lo serán aún más en el futuro. No olvidemos, además, que esta importancia se ve acrecentada porque muchas de estas materias primas duras son esenciales para la industria de defensa.
Sin embargo, y como es fácil de imaginar, la importancia creciente de este tipo de materias primas proviene no sólo porque son esenciales para la fabricación de los productos citados sino, también, porque su distribución geográfica es tremendamente desigual, lo que otorga a los países que las poseen una posición de privilegio en su envite por controlar el mencionado tablero económico y político mundial. Resulta fácil comprender, por lo tanto, el interés de países como Estados Unidos y China, pero también de la Unión Europea y los que conforman potencias de tipo medio, por asegurarse el suministro de una buena cantidad de estas commodities, fomentar, si es posible, su producción nacional y, en todo caso, diversificar sus proveedores.
La geoeconomía, el uso de los instrumentos económicos para doblegar a otros países, puede incrementar la cooperación internacional, como sucedió una vez finalizada la segunda guerra mundial hasta casi nuestros días, pero también puede ser causa de su fragmentación y desintegración, como está sucediendo ahora mismo. Por eso, como subraya otro artículo de Finanzas y Desarrollo, parece lógico pensar que «los países que comprendan que la relación entre el control de los recursos y el poder geoeconómico no es lineal, el valor de una diversificación selectiva y el principio de la moderación superarán este período con más éxito que aquellos que no lo hagan».
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