Desde hace demasiado tiempo, el aeropuerto de Ibiza está siendo noticia no por la excelencia de sus servicios o su operatividad modélica, sino por unos planes de ampliación desmesurados y por unas deficiencias inaceptables en una instalación que es, para muchos visitantes, el primer contacto con el destino y la última impresión que se llevan de él. Ambas experiencias forman parte del producto turístico y de la imagen que ofrecemos a los turistas.
La ampliación proyectada por AENA desencadenó hace algunos meses una avalancha de justificadas críticas por parte de instituciones, partidos políticos y entidades pitiusas de todo tipo, porque encubría una voluntad de incrementar el tráfico aéreo incompatible con la contención y la sostenibilidad de la afluencia turística que reclaman Ibiza y Formentera. AENA negó vehementemente que esa fuera su intención, pero la dimensión del proyecto y la defensa del mismo que hizo la Asociación de Líneas Aéreas, subrayando que la ampliación es necesaria para hacer frente a los incrementos de tráfico previstos, que «aún no han tocado techo», hacen que sus desmentidos sean muy poco convincentes. Y a todo esto hay que sumar la arrogancia y la soberbia con que suele actuar AENA, que acostumbra a diseñar y ejecutar sus planes con mucha opacidad y de espaldas a las instituciones insulares.
Para un destino turístico insular como Ibiza, el aeropuerto es un elemento estratégico porque es capaz de influir de manera determinante en el crecimiento o la contención, por la capacidad que tiene de regular los flujos de entrada y salida de los turistas. Aumentar su capacidad operativa significa facilitar la llegada de más personas, pero si la isla no dispone ya de capacidad suficiente para alojarlas, desplazarlas, abastecerlas, velar por su salud, garantizar su seguridad o proporcionarles una experiencia satisfactoria, esa ampliación no haría más que incrementar la capacidad de entrada cuando hemos agotado la capacidad de acogida. Un verdadero contrasentido.
Pero es que, aparte de la ampliación que quiere acometer AENA, el aeropuerto de Ibiza arrastra claros problemas de (mala) gestión ordinaria: vertidos incontrolados de aguas residuales en el litoral, aseos en mal estado, suciedad, la lamentable evidencia de que una infraestructura pública está siendo explotada como si fuera una gigantesca valla publicitaria para hacer caja; unos aparcamientos de pago recién construidos, feos y caros, en los que cada vez hay más plazas reservadas para VTC y menos para los usuarios particulares, paulatinamente desviados al aparcamiento de largas estancias, más alejado y menos resguardado… Deficiencias absolutamente inconcebibles para la terminal aeroportuaria de un destino turístico de proyección global, que además genera cada año cuantiosos beneficios. En el ranking especializado de AirHelp Score 2026, el aeropuerto de Ibiza se sitúa en el puesto 183 de 279 examinados en todo el mundo, y en el lugar número 11 entre los de España. No es una posición para presumir.
Si hemos convenido que Ibiza y Formentera han alcanzado ya su límite de crecimiento cuantitativo, no resulta necesario ampliar su puerta de entrada; basta con hacer que esa puerta funcione extraordinariamente bien. La prioridad debería ser, por tanto, la modernización y optimización de las instalaciones existentes. El aeropuerto de un destino turístico de primer nivel ha de ofrecer una experiencia acorde con la imagen que nuestra isla quiere proyectar. Esto significa invertir en aquello que realmente mejora la calidad: instalaciones confortables, accesibles y eficientes; procesos de facturación y embarque ágiles, que favorezcan la puntualidad de las operaciones; sistemas modernos de control y seguridad; gestión adecuada de equipajes; conectividad digital; buena climatización; limpieza impecable; atención suficiente y rápida a las personas con movilidad reducida; zonas de espera amplias y cómodas; servicios de restauración y oferta comercial de calidad; buena señalización y facilidad de conexión, a través del transporte público de la isla, ya sean autobuses o taxis, con las principales poblaciones y núcleos turísticos ibicencos. El objetivo no debería ser que en el aeropuerto operen más aviones y pasen más personas, sino que las personas y las aeronaves que han de usarlo reciban un servicio mucho mejor.
En el aeropuerto, como en el resto de la oferta turística, debe prevalecer la calidad sobre la cantidad. Su éxito no puede medirse ya por el incremento en el tráfico de pasajeros y aviones que experimenta cada año, sino por indicadores como la satisfacción de los viajeros, la calidad del servicio, la puntualidad, la accesibilidad o la percepción de los residentes en tanto que usuarios frecuentes de la instalación.
Nadie quiere un aeropuerto obsoleto o incapaz de responder a las necesidades actuales y futuras. Reivindicamos un aeropuerto excelente, que incorpore de inmediato las últimas innovaciones en operatividad y seguridad, adaptado a las necesidades reales de Ibiza y Formentera, preparado para afrontar los retos del futuro desde la calidad del servicio y no desde el crecimiento inacabable. Es necesario, sin duda, renovar instalaciones, mejorar pistas y plataformas dentro de los límites existentes, modernizar sistemas tecnológicos, aumentar la eficiencia, mejorar la movilidad interna y adaptar los espacios a las necesidades de los pasajeros y a su comodidad. Todo ello para hacer mejor lo que ya existe. En este sentido, una gestión excelente sería la verdadera expresión del éxito.
No cabe duda de que un aeropuerto moderno y eficiente refuerza la imagen del destino. Puede ser simplemente una infraestructura de paso, sin personalidad, pero puede convertirse también en un escaparate que explique dónde está el viajero, qué valores tienen nuestras islas y qué modelo turístico queremos ofrecer. Esto resulta particularmente importante en un destino de primer nivel como Ibiza, donde la marca turística no debería sustentarse solo en sus playas o su oferta de ocio, sino también en la calidad de sus equipamientos y servicios. Por eso su aeropuerto debe transmitir orden, pulcritud, modernidad, seguridad, sostenibilidad y profesionalidad. Un aeropuerto modélico, que ofrezca una buena experiencia a viajeros y aerolíneas, supone una valiosa aportación a la imagen de la isla.
En un destino saturado como el nuestro, el aeropuerto del futuro no debe ser necesariamente más grande, sino uno de los mejor gestionados, más eficiente, cómodo, ordenado y acogedor, capaz de estar a la altura de Ibiza sin romper sus costuras ni contribuir a sobrepasar sus límites.
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