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Hay una frase que puede ser un buen consejo o una forma bastante triste de vivir: no coja lucha.
No se complique. No pregunte demasiado. No trate de arreglar lo que lleva años mal. Haga lo suyo, cobre y váyase tranquilo.
Uno entiende la lógica. Nadie puede vivir peleando con todo.
El problema es cuando uno termina no peleando por nada.
Trabajar necesita algo más que un sueldo. Necesita una razón. Algo que a uno le importe lo suficiente como para meterle cabeza, hacerlo bien y dejarlo distinto a como lo encontró.
Todavía hay gente así.
Gente que llega a un trabajo y se mete. Pregunta por qué. Se desespera con una estupidez que los demás ya aprendieron a tolerar. Insiste con una idea cuando era mucho más fácil dejarla morir. Hace suyo un problema que perfectamente podía pasarle al siguiente.
Esa gente no siempre cae bien.
Nosotros tampoco hemos sido educados para soportarla demasiado.
Desde temprano aprendemos cuándo callarnos, qué cosas no se preguntan y a quién no conviene contradecir. Después llegamos al trabajo y descubrimos que adaptarse puede resultar más conveniente que pensar.
Nos vamos corrigiendo entre nosotros.
Al que insiste se le baja el volumen. Al que incomoda se le recomienda prudencia. Y cuando finalmente deja de molestar, decimos que maduró.
En el Estado eso se perfecciona.
Uno llega con una idea. La presenta. Consigue una aprobación. Después falta Jurídica. Luego Financiera. Después otro departamento. Pasa un mes. Pasan dos.
A la tercera reunión ya nadie discute si la idea era buena.
Discuten quién va a firmarla.
Al principio uno pelea. Pregunta, llama, persigue, insiste.
Después aprende.
Aprende a mandar el correo y guardar la copia. A no meterse en lo que no le corresponde. A identificar qué problema nadie quiere tocar. A entender que hay batallas que 'no valen la pena'.
Y cada vez valen la pena menos.
No siempre hay que sacar a la gente buena.
A veces basta con enseñarla.
Enseñarle cómo funcionan las cosas. Hasta dónde llegar. Qué no tocar. Cuándo dejarlo así.
Eso puede confundirse con experiencia.
Muchas veces es derrota.
No todo el que trabaja poco puede culpar al sistema. Hay gente que llegó buscando exactamente eso: un puesto, un sueldo y la menor cantidad posible de problemas.
A mí me preocupa más el que llegó con ganas.
El que preguntaba.
El que insistía.
El que se metía.
El que todavía sentía que su trabajo tenía algo que ver con él.
Porque a ese sí podemos perderlo sin que renuncie.
Puede seguir llegando temprano. Cumplir. Contestar los correos. Ir a las reuniones. Cobrar cada mes.
Y haberse ido hace tiempo.
Las instituciones también gastan las ganas de la gente.
Y esas no se compran de nuevo con un presupuesto.
Por eso hay cosas por las que vale la pena coger lucha.
Una de ellas es no dejar que le enseñen a uno a no querer hacer nada.
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