¿Estamos preparando a nuestras niñas y niños simplemente para asistir a la escuela, o para desenvolverse, crear valor y competir en el mundo que encontrarán al salir de ella? La diferencia parece semántica, pero encierra una de las preguntas más importantes para el futuro de República Dominicana.
Más de 2.6 millones de estudiantes se integraron al nuevo año escolar, junto a más de 120 mil docentes. Y según el monitoreo de apertura de la Asociación Dominicana de Profesores, en 1,729 centros públicos, 237 no habían iniciado docencia y otros 108 abrieron solo a medias: uno de cada cinco centros monitoreados no llegó a una apertura plena. La causa dominante no fue la falta de maestros, pues el 88.7% de los planteles tuvo asistencia docente completa, sino el estado físico del edificio, señalado en el 57.7% de esos casos. Seis de cada diez centros no recibieron mantenimiento durante todo el verano. Con seis años en el poder y cerca de 300 mil estudiantes aún sin cupo, la pregunta ya no es si existe un plan, sino por qué, cada agosto, seguimos enfrentando las mismas carencias: escuelas sin condiciones adecuadas, aulas insuficientes y miles de estudiantes esperando un lugar donde aprender.
Resolver estas carencias es urgente, pero no suficiente. El país no puede seguir atrapado únicamente en los problemas básicos de cada inicio de año escolar mientras el mundo transforma, a gran velocidad, las competencias que necesitarán nuestros estudiantes. Garantizar escuelas en condiciones y cupos para todos debe avanzar al mismo tiempo que la calidad de los aprendizajes y la preparación de nuestros jóvenes para una economía y una sociedad cada vez más exigentes. República Dominicana tiene que hacer ambas cosas a la vez.
Nuestro desafío no es solo de acceso. Es también de aprendizaje y de permanencia en el sistema. Según el Banco Interamericano de Desarrollo, la asistencia escolar de los niños dominicanos entre 6 y 11 años se mantiene por debajo de la registrada en países como Uruguay, Paraguay, Argentina, Costa Rica, Chile, México, Perú, Ecuador y Brasil. Y la situación se vuelve aún más preocupante a medida que avanzan los años escolares: de cada diez adolescentes que ingresan a primero de secundaria, menos de tres mantienen una asistencia regular al llegar a sexto. El problema, por tanto, no es únicamente cuánto aprenden nuestros estudiantes, sino cuántos logran mantenerse vinculados a la escuela hasta completar su formación.
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Pero el desafío no termina en lograr que los estudiantes permanezcan en el sistema. También importa cuánto y qué están aprendiendo. Incluso entre los centros que lograron iniciar la docencia, cerca de seis de cada diez reportaron una asistencia inferior al 75% en los niveles Inicial, Primario y Secundario. Y cuando se observan los resultados de aprendizaje, la situación es todavía más preocupante.
El Banco Mundial y el Instituto de Estadística de la UNESCO estiman que, con base en los últimos datos disponibles previos a los cierres escolares por la pandemia, el 78% de los niños dominicanos en edad de finalizar la primaria se encuentra en situación de pobreza de aprendizaje; es decir, no alcanza la competencia mínima de lectura con comprensión. Esa proporción es 25 puntos porcentuales más alta que el promedio de América Latina y el Caribe.
PISA ofrece una fotografía que debería hacernos reflexionar. En 2022, República Dominicana obtuvo 339 puntos en matemáticas, 351 en lectura y 360 en ciencias. Apenas el 8% de los estudiantes alcanzó al menos el nivel mínimo de competencia en matemáticas, frente al 69% promedio de la OCDE; en lectura lo alcanzó el 25%, frente al 74%, y en ciencias el 23%, frente al 76%. Aunque estos resultados representaron una mejora respecto a 2018, las brechas siguen siendo profundas. Este martes 8 de septiembre conoceremos los resultados de PISA 2025, una nueva referencia para medir cuánto ha avanzado realmente el aprendizaje en el país y cuánto falta todavía por hacer.
Estos resultados muestran una diferencia que no podemos perder de vista: una cosa es escolarizar y otra es formar. Escolarizar significa garantizar el acceso y la permanencia de los estudiantes en el sistema; formar implica, además, que desarrollen las capacidades para comprender, resolver problemas, colaborar, adaptarse y seguir aprendiendo a lo largo de la vida. El desafío de República Dominicana está hoy en ambas dimensiones.
Esa diferencia entre escolarizar y formar trasciende las aulas y termina definiendo las posibilidades de desarrollo del país. Cuando hablamos de productividad, inversión, innovación o competitividad, detrás de cada uno de esos factores hay personas y capacidades que comienzan a construirse en el sistema educativo. Por eso, la política educativa no puede avanzar separada de la estrategia de desarrollo y competitividad nacional.
La aceleración de la inteligencia artificial hace esta discusión aún más urgente. No puede convertirse en una nueva moda educativa, pero tampoco es posible esperar a resolver todas las deficiencias históricas para comenzar a preparar a los estudiantes para una transformación que ya está en marcha. En un mundo donde la tecnología puede generar respuestas en segundos, el verdadero diferencial estará cada vez más en la capacidad humana para comprender, cuestionar, crear, resolver problemas y tomar decisiones con criterio ético.
Frente a esta realidad, República Dominicana necesita pasar de administrar carencias a transformar resultados. Propongo cuatro prioridades.
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La primera es cambiar la manera en que rendimos cuentas sobre el 4% destinado a educación. No basta con saber cuánto se ejecutó: cada año el país debería conocer públicamente cuánto mejoraron los aprendizajes, la infraestructura, la permanencia escolar y la formación docente por cada peso invertido. El presupuesto educativo debe medirse también por resultados.
La segunda es crear un sistema nacional de alerta temprana contra el abandono escolar. Con la información que ya genera el sistema educativo —asistencia, desempeño, sobreedad y trayectoria escolar— es posible identificar a un estudiante en riesgo antes de que abandone las aulas. La tecnología y la inteligencia artificial deberían servir primero para algo tan concreto como impedir que un joven desaparezca silenciosamente del sistema.
La tercera es convertir cada escuela en un verdadero espacio de desarrollo de competencias. El currículo por competencias no puede seguir siendo solamente un documento. Pensamiento crítico, resolución de problemas, creatividad, comunicación, ciudadanía y capacidad para trabajar con inteligencia artificial deben poder observarse, enseñarse y evaluarse dentro del aula.
Y la cuarta es impulsar una nueva política nacional docente. Ninguna transformación educativa será superior a la capacidad de quienes enseñan. República Dominicana necesita docentes que, además de dominar sus áreas de conocimiento, estén preparados para enseñar en un mundo de inteligencia artificial, acompañados por formación continua, mejores herramientas y una carrera profesional vinculada al desarrollo de sus competencias.
Estas transformaciones no pueden comenzar de cero con cada gobierno. Una niña que inicia hoy la primaria terminará su formación después de varios períodos gubernamentales. Por eso la educación debe convertirse en uno de los grandes pactos de continuidad nacional: metas de aprendizaje públicas, evaluación independiente, datos abiertos y compromiso de preservar aquello que demuestre resultados, independientemente de quién gobierne.
Los 2.6 millones de estudiantes que comenzaron este año escolar no pueden esperar a que el sistema termine de resolver los problemas del pasado para empezar a prepararse para el futuro. La verdadera discusión educativa ya no es solamente cuánto invertimos ni cuántos estudiantes entran a las aulas, sino qué son capaces de hacer cuando salen de ellas.
Porque el país que podremos construir dentro de diez o veinte años se está decidiendo ahora, en cada aula dominicana.
EN ESTA NOTA
Doctorada en Educación con especialidad en Liderazgo Organizacional; con Maestrías en Transformación Digital y en Alta gerencia. Postgrado en Dirección de Operaciones. Licenciada en Contabilidad, certificada internacionalmente en programas de liderazgo y mentoría. Con más de 25 años de experiencia gerencial en los sectores público y privado. Ocupó la posición de Viceministra de Seguimiento y Coordinación Gubernamental en el Ministerio de la Presidencia, implementando el sistema nacional de atención a emergencias y seguridad (911), el programa República Digital, el sistema de seguimiento de las metas presidenciales, la estrategia de ciberseguridad, y la implementación del Centro Nacional de Ciberseguridad, entre otros.
Actualmente se desempeña como Vicerrectora Ejecutiva de la Universidad del Caribe, función que conjuga con la Presidencia del Círculo de Cultura Democrática, entidad sin fines de lucro dedica al análisis y la elaboración de propuestas que impulsen el bienestar de la sociedad, fortalezcan la democracia y el desarrollo de la República Dominicana. La doctora Cuello es escritora e investigadora. Ha publicado diferentes artículos en numerosas revistas académicas y periódicos de circulación nacional. Es autora del libro 7 Riesgos de las Redes Sociales, ser Ciudadanos en un mundo tecnológico, y coautora del libro El desarrollo municipal, factor estratégico en el posicionamiento de México en los escenarios políticos y sociales del siglo XXI, entre otros.
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