Es una fantasía con la que me he quedado embelesado muchas veces, que todavía me asalta: me planto delante de las generosas baldas de una biblioteca o una librería, me concentro frunciendo el ceño, algo sobrenatural se activa y algunos de los libros comienzan a brillar, a vibrar, a separar un poco su lomo del de sus compañeros. Así me avisan de que son esos los que me atravesarán, los que me nutrirán, los que ya nunca me abandonarán. Quiero que me escojan ellos a mí, y no al revés.
Publicidad
A cualquier aficionado a la lectura le facilitaría mucho la labor que los libros que van a gustarle resplandecieran por arte de magia, pero la búsqueda algunos de nosotros emprendimos en su día va un paso más allá. Hasta hace dos telediarios, las personas del colectivo LGTBIQ+ no hemos tenido un amplio abanico de relatos que trataran abiertamente sobre vidas de gente como nosotros. Encontrar una historia que se pareciera a lo que vivíamos o a lo que soñábamos con vivir era todo un hallazgo; un hallazgo casi siempre secreto, excitante, personal e intransferible.
Los lectores más jóvenes quizás no entenderán el vuelco al corazón que suponía encontrar personajes de sexualidad disidente entre las páginas de un libro, ese universo privado en el que nadie podía interferir. También había películas y series, claro, pero requerían circunstancias favorables, no era tan fácil acceder a ellas y disfrutarlas en privado, sin vergüenza. Con las narices metidas en un libro, nadie se molestaba en comprobar lo que uno andaba leyendo: las primeras escenas sexuales, pensamientos revolucionarios o narraciones confesionales con la voz de personas no heterosexuales nos han llegado a generaciones enteras a través de los libros.
Por eso, y hasta que no desarrollemos superpoderes, reunir y visibilizar literatura escrita por personas del colectivo, o que trata historias diversas, sigue sonando a utopía para quienes nos hemos dejado los ojos a fuerza de buscarlas.
La tormenta en una taza de té que los pasados días se ha vivido en redes sociales, sobre la conveniencia o no de usar la etiqueta LGTBIQ+ para los libros, es una muestra más de la disonancia con la que se mira el mundo desde el privilegio. Ante el bienintencionado pensamiento de que la literatura de autores o tramas queer no debiera diferenciarse del resto, toca explicar otra vez que la igualdad que reclamamos no equivale a uniformidad, homogenización ni disolución en algo más grande.
Publicidad
Las personas del colectivo exigimos derechos iguales y el fin de las discriminaciones, pero incluso alcanzando ese horizonte, nuestras vidas y nuestras historias seguirán siendo distintas. Y muchos de nosotros queremos dar con narraciones que las reflejen sin mayores complicaciones, lo cual no significa ni que las personas del colectivo solo vayamos a leer esos libros ni que un heterosexual no pueda escogerlos, aunque no se los encuentre camuflados en una categoría generalista.
Por supuesto, cualquier diferenciación, aunque se haga por los motivos más nobles, genera conflictos. ¿Es literatura LGTBIQ+ A sangre fría, ese gran reportaje que inauguró el true crime, solo por estar escrito por Truman Capote? ¿Deben formar parte de la balda arcoíris, como me he topado en ocasiones, los panfletos publicados contra los derechos trans? Más allá de sus posibles incongruencias, lo trascendente de la decisión de otorgar este espacio es que nos hace sentir bienvenidas a las personas del colectivo. Yo, desde luego, me lanzo de cabeza.
Y no es que mantener esos textos en las baldas genéricas de narrativa o ensayo sea injusto o inapropiado; de hecho, apuesto a que hay cientos de volúmenes en ellas escritos por personas queer, y que por la naturaleza de lo narrado no entrarían en ninguna selección multicolor. Lo que se pretende al juntar estas lecturas no es asignarles un mismo género o limitar su público, sino señalar un extra que para muchas personas es importante. Porque mientras nos ponemos de acuerdo en si los libros pueden ser LGTBIQ+, sí lo somos un gran número de lectores, a quienes esas historias nos apelan de manera especial.
Publicidad
En cualquier caso, si buscamos una solución inmediata, permítaseme sugerir que se duplique la presencia de estos libros: construir con ellos una vibrante y colorida sección específica, pero no desgajarlos de otras ordenaciones que también les son propias. Está bien que se vean salpicadas por historias diversas estanterías dedicadas al terror, la poesía, las memorias, la literatura juvenil, el romance o la novela negra, categorías a las que los libros de personas o tramas queer también pertenecen por derecho propio.
Igual que los libros, las personas LGTBIQ+ no solo somos LGTBIQ+. Multitud de otras circunstancias se encarnan en nuestros cuerpos. Hay espacios y momentos en los que nuestra identidad disidente no trasciende en absoluto. Pero hay otros, numerosos, en los que sí nos diferencia. Y desde que muchos descubrimos que podíamos no conformarnos con cánones impuestos por la hegemonía heterosexual, escoger nuestra próxima lectura es uno de ellos.
Como muy bien respondía el escritor y traductor Juan Naranjo a la génesis de esta diminuta polémica, a la pregunta de ¿a quién le importa que un libro tenga un componente queer a la hora de escogerlo?, muchos respondemos: a mí me importa.
(0)Comments