06/09/2026 Actualizado a las 19:29h.
Querida Ceuta: De regreso a Madrid te escribo esta carta sobre la estela del barco que cruza el Estrecho con el ronroneo de los motores y este olor a gasoil que me traigo de vuelta a casa, con un siete en el corazón como los ... fosos de las Murallas Reales. Me sentí de allí, de ti, quiero decir, entre esos muros y esas piedras, en los paseos, en los espigones de la frontera y en las cuestas que bajan de los montes, abigarrados, verdes y húmedos como las selvas del Virunga, y que van a dar indefectiblemente a un mar gris, brillante, calmado como de mercurio. O bajo la sombra de tus ficus verdísimos, que llaman laureles de Indias, y en esa frescura de tus gentes, de soldados, de maris y de moras, de abrazos y de cariño. Y también en la angustia del ejército apostado en el Mercadona, de las miradas amenazantes de madrugada por las cuestas del Príncipe, tragando saliva bajo la luz tenue de unas farolas como de cuchillada. En las miradas de esos tipos que amenazan con los ojos, y que dan un miedo que no veas, y también de los críos tan desvalidos que te entran ganas de cogerlos en brazos. Dice Matías que tengo síndrome de Estocolmo con los lugares que visito, pero cómo no enamorarme si conocí París con las sillas de las terrazas volcadas tras los atentados, Santiago cuando descarriló aquel tren y a ti te he conocido en la zozobra que vives como sabes vivir tú, tan frágil, tan digna y tan de verdad. Así me vuelvo contándole a la gente tus cosas y un poco majadero, hipnotizado con la forma de tu bandera negra y blanca y los poemas de López de Anglada, oh niña dormida en brazos del mar y acunada por la espuma de las olas. Karen Blixen conocía una canción de África, de la jirafa y de la nueva luna descansando sobre su lomo, y yo conozco 'El novio de la muerte', que entonabas el día de la manifestación, subiendo la calle Real bajo una noche cuajada de niebla, de banderas y de naranjos. No te olvido caminando, tú conmigo y yo contigo, con tu dignidad a cuestas, tu desesperación, tu maldición, tu abandono, tu traición y ese corazón tuyo, sencillo y orgulloso, desaforado en sus lealtades, en el que habita España con una certeza que no adquiere, ¿sabes?, en ninguna otra parte. Frente a Santa María de África y juntando las manos, mirándome muy fijamente, me rogaste que no te dejáramos sola y resultaba que los que te necesitábamos éramos nosotros, los españoles del otro lado del mar, que nos perdemos si tú te pierdes y nos dolemos si te hieren como te han herido. Como si insultaran a nuestra madre. No nos abandones nunca, Ceuta. Mantén la calma y nunca te rindas, ¿vale? Ya te echo de menos; no sabes cuánto.
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