'¡Cuidado con salir de una dominación para caer en otra! […] hacer la conquista de América, no por las armas, sino por la influencia en toda esfera'.
Diego Portales, carta a José Manuel Cea, Lima, marzo de 1822.
Chile apenas comenzaba a ser una República cuando Diego Portales formuló esta advertencia. La independencia era todavía una obra reciente y frágil, pero Portales comprendía que sacudirse una dominación no garantizaba por sí solo la libertad. Una nación podía conservar su bandera, sus autoridades y sus fronteras y, sin embargo, comenzar a perder su independencia si permitía que otros definieran sus intereses o condicionaran sus decisiones. Su advertencia resulta extraordinariamente moderna: la dominación también podía ejercerse, como él mismo escribió, 'por la influencia en toda esfera'.
Portales escribía en 1822, antes incluso de que James Monroe formulara, en diciembre de 1823, la doctrina que llevaría su nombre. No estaba haciendo antiamericanismo. Estaba formulando algo bastante más importante: una doctrina elemental de soberanía. Chile no había conquistado trabajosamente su independencia para entregar después su capacidad de decidir a otra potencia, por amistad o por afinidad ideológica. Los gobiernos pueden tener coincidencias; los Estados tienen intereses.
Esa idea, nacida prácticamente junto con la República, terminaría convirtiéndose en una de las constantes más valiosas de nuestra política exterior.
Chile comprendió que un país relativamente pequeño, alejado de los grandes centros de poder, debía compensar esa condición mediante instituciones sólidas, una diplomacia profesional y respetada, apego al derecho internacional y una capacidad de defensa suficiente para preservar su autonomía. Podíamos comerciar con todos, cooperar con muchos y construir amistades profundas. Pero había una frontera que no debía cruzarse: Chile debía conservar siempre la libertad de decir que no.
Nuestra historia demuestra que esa tradición no pertenece a una determinada corriente política. Conservadores, liberales, radicales, democratacristianos, socialistas y gobiernos de la Concertación la practicaron, con distintos énfasis. Cambiaron las ideologías, las alianzas y el escenario internacional, pero permaneció una noción fundamental: la política exterior no pertenece al Presidente de turno; pertenece a Chile. Aunque sea responsabilidad del Presidente conducirla durante su período de gobierno, ello no lo autoriza a redefinir unilateralmente sus bases ni sus características esenciales, a lo menos sin un amplio debate en el país.
Uno de los ejemplos contemporáneos más claros ocurrió durante el Gobierno de Ricardo Lagos. Chile integraba el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas cuando Estados Unidos buscaba respaldo para la guerra de Irak. Las presiones fueron enormes. Lagos dijo que no.
Chile mantenía una relación estrecha con Washington y estaba culminando la negociación de un tratado de libre comercio. Pero amistad no significaba obediencia. Un país soberano puede cooperar estrechamente con una potencia y, cuando sus intereses o sus principios así lo exigen, discrepar de ella.
Esa tradición vuelve hoy a estar en discusión.
En marzo Chile suscribió con Estados Unidos una declaración sobre minerales críticos y tierras raras. El documento establece que el apoyo mutuo en el suministro de esos minerales es fundamental para la 'seguridad nacional' de ambos países y crea consultas destinadas a identificar proyectos, fortalecer cadenas de suministro y avanzar hacia la institucionalización de esa cooperación.
El acuerdo no entrega nuestros minerales, no establece exclusividad de compra ni concede derechos preferentes a Estados Unidos. Precisamente por eso la discusión debe darse ahora, antes de que esas consultas conduzcan a compromisos más específicos.
Pero pocos días antes Chile había concurrido también a una declaración de seguridad hemisférica. Allí se habla de seguridad fronteriza, narcotráfico y narcoterrorismo, protección de infraestructura crítica y de enfrentar 'futuras amenazas'. Y se declara la intención de incorporarse a una coalición para combatir el narcoterrorismo y 'otras amenazas compartidas' del hemisferio occidental.
Nadie sensato podría objetar la cooperación internacional contra el narcotráfico. El problema es otro y mucho más profundo: ¿quién define cuáles son esas amenazas? ¿Cuándo resolvimos que la definición estratégica del hemisferio debía ser también necesariamente la definición estratégica de Chile?
La soberanía del siglo XXI no se pierde solamente cuando un ejército extranjero atraviesa una frontera. Puede erosionarse mucho antes: cuando categorías estratégicas concebidas fuera del país comienzan a determinar nuestras prioridades; cuando nuestros recursos naturales pasan a incorporarse a las necesidades de seguridad de una potencia; o cuando una afinidad política circunstancial comienza a alterar una política exterior construida durante generaciones.
Tenemos cobre, litio y otros minerales decisivos para la economía del siglo XXI. Tenemos una posición privilegiada sobre el Pacífico, presencia antártica, infraestructura crítica y el Estrecho de Magallanes. Aquello que durante mucho tiempo pareció condenarnos a vivir en el extremo del mundo constituye hoy parte importante de nuestro valor estratégico. Son nuestros. Chile debe decidir cuánto extrae, cuánto industrializa, cuánto valor agrega, qué tecnología exige y con quién se asocia.
Y en esa concepción de soberanía las Fuerzas Armadas tienen una función que tampoco podemos seguir confundiendo. Las Fuerzas Armadas no son ambivalentes: no pueden convertirse progresivamente en una policía y, al mismo tiempo, mantener intacta su preparación para defender a la patria frente a amenazas contra nuestra soberanía.
El narcotráfico y la delincuencia se enfrentan con policías eficaces, inteligencia, control de fronteras y un sistema penitenciario que funcione. Si nuestras policías carecen de capacidades suficientes, habrá que proporcionárselas. Pero suplir permanentemente esas carencias con las Fuerzas Armadas termina desnaturalizando su función esencial.
La centroizquierda democrática entendió esto cuando gobernó. Los gobiernos de la Concertación asumieron que la defensa nacional no era una cuestión ideológica ni patrimonio de la derecha. Modernizaron y dotaron a nuestras Fuerzas Armadas para que pudieran cumplir profesionalmente su misión fundamental: la defensa de la patria. Esa política merece ser reivindicada precisamente ahora, cuando comienza a confundirse nuevamente seguridad interior con defensa nacional.
Y no estamos hablando de abstracciones. Basta recordar lo ocurrido con Argentina durante el Gobierno de Gabriel Boric. Cuando una instalación militar argentina traspasó la frontera e ingresó en territorio chileno, Boric fue categórico: o Argentina retiraba los paneles instalados en territorio chileno o Chile los iba a retirar. Y tenía razón. No importaba que las relaciones con Javier Milei fueran malas ni que ambos presidentes representaran proyectos políticos antagónicos. En ese momento Boric no habló como Presidente de izquierda frente a un Presidente de derecha. Habló como Presidente de Chile.
De tanto en tanto, desde nuestra Independencia, Chile ha debido enfrentar amenazas, presiones o gestos hostiles provenientes del otro lado de la cordillera. Algunas fueron extraordinariamente graves, como las que vivimos durante las dictaduras militares argentinas; otras provienen de sectores nacionalistas que periódicamente vuelven a mirar hacia Chile con una retórica que creíamos superada. No corresponde exagerarlas, pero tampoco ignorarlas. Los países serios no esperan que una amenaza se materialice para preocuparse de su defensa.
Frente a cualquier amenaza potencial, Chile debe hacer exactamente lo que históricamente ha sabido hacer: mantener Fuerzas Armadas profesionales y con capacidad disuasiva, pero al mismo tiempo fortalecer aquello que constituye nuestra primera línea de defensa: el prestigio internacional de Chile como una democracia estable, respetuosa del derecho internacional y comprometida con los derechos humanos.
Por eso resulta todavía más incomprensible el veto de la ultraderecha chilena a la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de Naciones Unidas. Pero primaron la ideología y, cuesta no pensarlo, también la envidia. Se prefirió impedir que una adversaria política alcanzara una posición de relevancia mundial antes que preguntarse cuánto ganaba Chile si una chilena llegaba a ocuparla. Otra vez la pequeña política derrotando al interés nacional.
Esa es, finalmente, la cuestión. Ha llegado el momento de recuperar la unidad nacional frente a las crecientes amenazas y desafíos que afectan nuestra soberanía. No para inventar enemigos, no para alimentar nacionalismos y muchísimo menos para preparar guerras. Precisamente para evitarlas. Hay materias en las cuales un país serio debe ser capaz de hablar con una sola voz.
Por eso adquiere especial relevancia la reciente declaración de almirantes en retiro que fueron comandantes en Jefe de la Armada. No porque los militares deban intervenir en la deliberación política –no deben hacerlo–, sino porque quienes alguna vez tuvieron la responsabilidad superior de la defensa marítima del país pueden contribuir, dentro de los cauces democráticos, a recordar que la soberanía de Chile no pertenece a un sector político. Esta vez no hablaron por la izquierda ni por la derecha. En una cuestión esencial, representaron un sentimiento que pertenece a todo Chile.
Frente al estrecho de Magallanes, nuestra proyección antártica, nuestros minerales estratégicos, nuestra infraestructura crítica y nuestra autonomía para decidir cuáles son las amenazas de Chile, no debería existir una respuesta de Gobierno y otra de oposición. Debería existir una única respuesta chilena.
Portales lo comprendió cuando la República apenas nacía. Lagos lo demostró cuando pudo decirle que no a Washington. Boric hizo lo que correspondía cuando advirtió a Argentina que, si no retiraba lo instalado en territorio chileno, lo retiraríamos nosotros. Presidentes distintos, épocas distintas, ideologías distintas. Una misma obligación: defender a Chile.
Dos siglos después, la advertencia de Portales vuelve a interpelarnos: '¡Cuidado con salir de una dominación para caer en otra!'.
Cooperemos con Estados Unidos. Comerciemos con China. Construyamos la mejor relación posible con Argentina. Profundicemos nuestros vínculos con Europa y América Latina. Pero hagámoslo desde una convicción común que atraviese gobiernos, generaciones e ideologías: amistad con todos; subordinación a ninguno.
Chile permanece. Y Chile no tiene dueño.
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