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Francesc Canosa

Los mapamundis y la fragilidad blanca

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Imagínate descubrir que el mapa con el cual estudiaste las fronteras estatales y comprendiste la distribución de los océanos y de los continentes está construido sobre una mentira intencionada. Esta ha sido la realidad con la cual se encontró medio mundo el pasado viernes tras la decisión histórica de la Asamblea General de la ONU de abandonar la clásica proyección cartográfica de Mercator a favor de otros modelos que hacen una representación fidedigna del tamaño real de los países y los continentes, como el Equal Earth.El mapa del cartógrafo Gerardus Mercator nace en 1569, con un sesgo eurocéntrico que se ha justificado desde la lógica de su utilidad para la navegación, a pesar de la desmesurada sobredimensión de los territorios a medida que se alejan del Ecuador. Concebida en un contexto de expansión del imperialismo europeo sobre el sur global, esta manipulación cartográfica ha resistido el paso del tiempo y ha resultado ser una configuración propagandística a favor de las regiones occidentales y eurodescendientes. Su diseño de nuestro mundo influye en nuestra percepción sobre la grandeza del Viejo Continente, en detrimento de territorios del hemisferio sur como Sudamérica o África, un continente catorce veces más grande que Groenlandia y que el geógrafo flamenco optó por representar en un tamaño equiparable al del territorio septentrional.Esta distorsión de la realidad retrata a la perfección la fragilidad blanca, un concepto acuñado por la estudiosa de la blancura Robin DiAngelo y que describe la respuesta defensiva ante el mínimo desafío de la posición racial blanca. La intolerancia ante el cuestionamiento de la supremacía blanca busca mantener y/o restituir el privilegio blanco heredado de un pasado colonial favorable a las regiones eurodescendientes. La pervivencia de un mapa ficticio a lo largo de medio milenio y la neutralización de cualquier propuesta alternativa —como la proyección Gall-Peters, reivindicada desde hace más de 50 años por entidades y organismos internacionales como la Unesco— buscan preservar una representación imperialista del mundo, manteniendo la ilusión de grandeza naturalizada desde la cual se ha sostenido el dominio sobre el Sur Global que ya dura más de 500 años. Léelo todo Que los mapas se correspondan con la realidad responde a 'un acto de justicia cognitiva y reparación histórica' urgente que nos debe ser irrenunciable La resolución votada en la última asamblea de las Naciones Unidas a propuesta de Togo se aprobó con 164 votos a favor, seis abstenciones y un solo voto en contra, proveniente de los Estados Unidos. La misma administración que se apropió unilateralmente de los nombres del golfo de México y del lago Ontario, llamándolos golfo y lago de América, ha sido capaz de votar contra la evidencia científica alegando que la pretensión de cambio responde a 'una agenda ideológica'. Tal como defendió el ministro de Asuntos Exteriores togolés, Robert Dussey, los mapas son una representación de los equilibrios de poder que orientan la educación y que marcan nuestros relatos sobre los territorios y la historia. Que los mapas se correspondan con la realidad responde a 'un acto de justicia cognitiva y reparación histórica' urgente que nos debe ser irrenunciable.La interpretación del mundo desde un prisma eurocéntrico es funcional para una concepción del mundo que ve los territorios no occidentales como un patrimonio. Es una patología que destapa una fragilidad que los territorios imperialistas se han resistido demasiado tiempo a afrontar, temiendo que el peso de la realidad empequeñezca a Occidente en las conciencias colectivas.Con todo, no puedo negar una esperanza genuina de que la resolución de la ONU sea un precedente que abra la puerta a más gestos de restitución de la dignidad de los territorios históricamente oprimidos, desde la devolución de piezas de culturas del Sur Global que pueblan los museos europeos hasta el debate sobre la reparación de las heridas del colonialismo.
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