'Hay dos modalidades de combate: con las leyes y con la fuerza. La primera es propia de la humanidad, la segunda, de las bestias; mas al no ser a menudo suficiente la primera, es menester recurrir a la segunda. Un príncipe requiere, por tanto, saber usar bien de la bestia y de la humanidad'.
Nicolás Maquiavelo vivió en la península itálica cuando ésta era un conglomerado de reinos pequeños, irrelevantes políticamente, pues la región estaba dominada por el Papa. A Maquiavelo le preocupaba la debilidad de la región y se cuestionaba qué hacía fuerte a un Estado, por lo que estudió la República romana para entender su grandeza. Así escribió los 'Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio' (1531), un análisis sobre qué requería un Estado para prosperar. Paralelamente, redactó 'El Príncipe' (1532): un manual para ejercer el poder, dedicado a Lorenzo II de Médici, príncipe de Florencia.
En su reflexión histórica sobre Roma, Maquiavelo retomó el concepto de anaciclosis, que es el ciclo eterno por el que los gobiernos transitan y degeneran: de una monarquía a una tiranía, de la tiranía a la aristocracia, de la aristocracia a la oligarquía, de la oligarquía a la democracia y de la democracia a la oclocracia.
Las transformaciones de régimen las provoca el conflicto entre las clases sociales, la ambición de los políticos, la corrupción y las flaquezas de la naturaleza humana, tanto de los gobernados como de los gobernantes.
La anaciclosis le preocupaba a Maquiavelo porque impedía que un Estado prosperara con un programa definido y de largo aliento; si un Estado es inestable, la economía y la vida social dentro de él también lo serán, lo que deteriora la vida de los ciudadanos. Por el contrario, un Estado fuerte permite a los habitantes desarrollar sus vidas con mayor plenitud.
Para evitar estos ciclos, Maquiavelo ofreció una definición peculiar de virtud: la virtud política. El político no debe ser bueno moralmente, sino ser astuto y saber cómo actuar en las distintas circunstancias: saber cuándo ser un zorro para detectar astutamente las trampas puestas por otros y también saber cuándo ser un león para amedrentar con la fuerza bruta a los lobos; pues un zorro jamás podrá imponerse ante un lobo y actuar siempre como un león llevaría a acciones temerarias e imprudentes que podrían resultar contraproducentes. Actúe como zorro o como león, el político debe guardar una apariencia de oveja, siempre parecer impoluto.
Si trasladamos la reflexión de Maquiavelo al México actual, el cambio sexenal en la Presidencia y la reconfiguración del Congreso son una especie de anaciclosis, una transformación constante que obstaculiza la gobernabilidad y la continuación de los proyectos políticos. Incluso habiendo una sucesión presidencial dentro del mismo partido político, la nueva Presidencia debe distanciarse de su antecesor para legitimarse —y en algunos casos romper completamente—, pero también debe saber en qué ámbitos dar continuidad y cómo.
La presidenta Claudia Sheinbaum supo ganar el voto y dar continuidad al movimiento político que inició López Obrador —un viejo lobo de mar que siguió los consejos de Maquiavelo al pie de la letra—, pero hoy se encuentra en una encrucijada, pues hay factores heredados del sexenio obradorista que pudieran desestabilizar a su gobierno. Están las tensiones internas entre los distintos grupos dentro de Morena, las filtraciones del despilfarro de actores políticos, como Andrés Manuel López Beltrán, y las investigaciones sobre la presunta participación de funcionarios en el crimen organizado, como Rocha Moya, Inzunza Cázarez y Marina del Pilar Ávila.
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