6 de septiembre de 2026
Cuando un edificio colapsa, todos vemos ruinas. La economía circular ve otra cosa: concreto que puede volver a convertirse en vías, acero reutilizable, ladrillos recuperables y materiales que aún conservan valor. Lo que hoy llamamos escombros puede ser, en realidad, un gran banco de materiales esperando una segunda oportunidad, pero, si se manejan como siempre, serán un segundo desastre.
Después del reciente terremoto que afectó varias regiones de Colombia, el país comenzó a hablar de reconstrucción. Es lo natural. Sin embargo, mientras discutimos cuánto costará levantar nuevamente viviendas, colegios y hospitales, casi nadie se pregunta cuánto de lo que hoy pensamos desechar podría reincorporarse a esas mismas obras. La economía circular propone precisamente ese cambio de mirada. Antes de extraer nuevos recursos, invita a recuperar el mayor valor posible de los que ya existen. En los residuos de construcción y demolición, esto significa clasificar, recuperar y reutilizar materiales, reduciendo costos, disminuyendo la presión sobre los recursos naturales y acelerando la reconstrucción. Colombia ya cuenta con normas para gestionar estos residuos, y ciudades como Medellín han demostrado que es posible avanzar hacia modelos de mayor aprovechamiento: la planta de Reciclados Industriales de Colombia, de EPM, procesa hasta 1.000 toneladas diarias de residuos de construcción. Aquí la economía circular no es aspiración: es industria, y Colombia podría convertir los residuos de la reconstrucción en una estrategia nacional de economía circular. ¿Por qué no adoptar un Protocolo Nacional de Reconstrucción Circular? Un mecanismo que, antes de enviar un solo metro cúbico de escombros a disposición final, obligue a evaluar qué materiales pueden recuperarse y transformarse. La norma existe desde 2017: la Resolución 472 obliga a clasificar, recuperar y aprovechar los residuos antes de enterrarlos. El estándar mundial ya existe: la Unión Europea exige valorizar el 70% de estos residuos, y en algunos países supera el 90%; nuestras cifras distan muchísimo de esos estándares. No hemos sabido usarlos como un banco de materiales. La verdadera reconstrucción comienza cuando el país decide, desde el más alto nivel de gobierno, que los procesos de recuperación de catástrofes respondan a una política de Estado basada en la economía circular, la planificación preventiva y una gobernanza capaz de convertir emergencias en oportunidades para la regeneración territorial. Por eso nuestro actual presidente podría encontrar entre los escombros la posibilidad de dejar una huella distinta y liderar esa transformación. Porque los desastres naturales son inevitables. Lo que sí está en nuestras manos es decidir si seguiremos viendo los escombros como el final de una tragedia o como el punto de partida de una política pública capaz de impulsar la regeneración territorial, la economía circular y una reconstrucción verdaderamente inteligente.
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